Toda persona desea la felicidad
más que cualquier otra cosa. Si lo analizamos bien, concluimos que casi todo esfuerzo humano es directa o indirectamente un esfuerzo por alcanzar la felicidad. La mayoría busca un sentimiento eufórico, placentero, o alegre. Quieren tomarle gusto a la vida.
Satanás y el mundo nos han engañado para que creamos que la felicidad se alcanza cuando la vida nos trata bien; cuando obtenemos riquezas, poder, o fama. Se cree que quienes logran estas cosas están felices. Es decir, se cree que las cosas de este mundo pueden proporcionamos esos sentimientos de felicidad que anhelamos.
Sin embargo la realidad es que esta mentalidad mundana no nos lleva a la felicidad verdadera. Siempre veremos a otras personas que tienen más, o que viven en circunstancias más favorables que las nuestras. Esto significa, según esta mentalidad, que ellos son más felices o dichosos que nosotros. Como resultado, surge en nosotros la disconformidad y dejamos de sentimos felices.
Con todo, las personas que han logrado las riquezas, el poder, o la fama, son por lo general las menos felices. Evidentemente las cosas de este mundo no pueden damos la felicidad. El apóstol Juan sabía bien lo que hablaba cuando dijo que el mundo y sus deseos pasan (1 Juan 2:17). La búsqueda de la felicidad en las cosas pasajeras de este mundo es una ilusión. Aunque pueden damos placer momentáneo, no pueden hacernos felices (Eclesiastés.2: 10-1 l). Eso sucede porque la felicidad verdadera, contrario a lo que muchos creen, no es primeramente un sentimiento.
Los sicólogos nos dicen que la felicidad es el fruto de una autoestima saludable. Se nos dice que la persona que vive sin felicidad es víctima de daños a su autoestima. Por lo tanto, se señala a otros o a las circunstancias como culpables de que la persona no haya alcanzado aquellas cosas que la harían feliz. El resultado de esta manera de pensar es que todos terminamos creyendo que somos víctimas. Concluimos que no
somos responsables por la depresión ni la amargura que sentimos. En lugar de felicidad, esta mentalidad produce personas intocables, deprimidas, y resentidas, pues son las víctimas de una vida injusta.
¿Qué es, pues, la felicidad verdadera? y ¿dónde la encontramos?
La felicidad verdadera es más que un sentimiento placentero o emocionante. La felicidad significa sentido y propósito para la vida. Es satisfacción con la calidad de vida que uno experimenta. Es sentirse dichoso con las condiciones de vida que tenemos.
En Mateo 5, Jesús nos da la receta para gozar de una vida que satisface los anhelos más profundos del corazón; que nos lleva a disfrutar el verdadero bien de la vida. Él nos enseña que la verdadera dicha no es el resultado de circunstancias agradables. La dicha está en las actitudes que tenemos hacia Dios y hacia las circunstancias que enfrentamos. No es lo que la vida nos pueda dar, sino la actitud con que enfrentamos la vida. Jesús dice que son “bienaventuradas”, dichosas, afortunadas, bendecidas, aquellas personas que adoptan las actitudes que él ofrece.
Estas actitudes, a primera vista, son totalmente contrarias a la lógica humana. Pero cuando las analizamos bien y, cuando las experimentamos, nos damos cuenta de que Jesús tiene razón.
Por ejemplo, Jesús dice que son dichosos “los pobres en espíritu” (Mateo 5:3). La palabra “pobre” que Jesús usa significa mendigo. ¿Quién pensaría que un mendigo es dichoso? Sin embargo, cuando entendemos que
sin Dios no somos nada, que somos totalmente dependientes de él, y además entendemos que por nuestro pecado merecemos la muerte, cualquier bendición, empezando por el hecho de estar vivos se siente como una gran riqueza. Nos asombra al considerar lo que Dios ha provisto en Cristo Jesús; nosotros que éramos enemigos de él, y ahora hechos hijos por medio de la sangre de Jesús. ¡Y pensar que nos espera el reino de los cielos! ¡Qué dichosos somos! No es pobre el que tiene poco, sino el que no está agradecido con lo que tiene.
La felicidad, pues, está en las actitudes con que nosotros miramos la vida y sus circunstancias. Jesús nos invita a aceptar sus actitudes. Él nos invita a una vida verdaderamente dichosa y feliz. No obstante, tenemos que dejar que Dios cambie nuestra manera de pensar. De hecho, es necesario que él transforme nuestro corazón. Si no conocemos el gozo de la salvación y vivimos sin la esperanza de una eternidad gloriosa con Cristo, nos será imposible desarrollar las actitudes que nos permitan alcanzar la felicidad aquí en esta tierra.
En Mateo 5, Jesús sigue delineando las actitudes que nos pueden hacer verdaderamente bienaventurados. En los siguientes números de “La Antorcha de la Verdad” veremos más de estas actitudes que Jesús recomienda para ser felices. Le invitamos a estudiarlas, aceptarlas en su vida, y de esa manera llegar a ser una persona verdaderamente bienaventurada.
ALGUNOS DE LOS MISTERIOS DE DIOS
En cierta ocasión, un incrédulo dijo: “Yo voy a creer únicamente lo que yo pueda entender; nada de misterios y asuntos de fe para mí”.
Alguien le pidió al incrédulo que explicara el siguiente problema: ¿Cómo es posible que una vaca negra coma pasto verde y produzca leche blanca. Si se bate la crema, resulta en mantequilla amarilla?
¿Puede usted explicar este misterio de Dios? Tampoco podemos comprender algunos otros misterios de su creación.
Considere la transformación sorprendente que ocurre cuando una oruga se enfrasca en una crisálida y allí se transforma en una bella mariposa. Su pelo cambia a escamas; hasta un millón de escamas por pulgada cuadrada. Las muchas patitas de la oruga se convierten en seis patas en la mariposa. El color amarillo llega a ser un hermoso rojo. El instinto que la hacía arrastrarse, llega a ser un instinto que la hace volar.
Así también Dios puede tomar la vida del pecador y transformarla hasta el punto en que resplandezca por irradiar la belleza del Señor y sea fragante con la gracia del cielo.
Un puñado de arena es depositado por Dios en las profundidades de la tierra. Se ejerce una enorme presión sobre la arena desde abajo y un enorme peso desde arriba. Cuando el hombre lo encuentra, el puñado de arena ha sido transformado en un bello y encendido ópalo.
Dios toma un puñado de barro, lo deposita profundamente en la tierra, aplica temperaturas muy altas, y cuando el hombre lo encuentra, se ha convertido en una bella amatista de gran precio.
Dios toma un puñado de carbón negro, lo coloca profundamente en la tierra, lo trata con calor desde abajo y lo presiona con las rocas de las montañas desde arriba, y así lo transforma en un espléndido diamante, digno de la corona de un rey.
Note la precisión maravillosa de Dios en todo lo que hace en los tres reinos de la tierra: el reino animal, vegetal, y mineral. Por ejemplo, vemos esta precisión en los períodos de incubación de los huevos: Los huevos de la dorífora (un escarabajo) se rompen a los siete días. Los del canario, a los catorce días. Los de la gallina corriente, en veintiún días. Los de la pata y la gansa doméstica, en veintiocho días. Los de la pata real, en treinta y cinco días. Los de la lora y la ostra, en cuarenta y dos días. Note que todos estos períodos son múltiplos de siete.
La sabiduría de Dios se ve en la estructura del elefante. Las cuatro patas de este animal se inclinan hacia delante. Ningún otro cuadrúpedo tiene tales patas. Dios planeó que este animal tuviera un cuerpo enorme, demasiado grande como para poder levantarse sólo sobre un par de patas. Dios en su sabiduría le dio cuatro grandes palancas para que pudiera levantarse del suelo fácilmente.
El caballo se levanta del suelo primeramente sobre las patas delanteras. La vaca se levanta del suelo primeramente sobre las patas traseras. ¡Cuán sabio es dios en todas las obras de su creación!
El ritmo de las olas del mar son veintiséis olas por minuto sin importar si hace buen tiempo o mal.
Así Dios, con su gracia maravillosa, puede ordenar la vida que está a su cuidado de manera tal que cumpla sus planes y propósitos. Solamente la vida de la persona que se ha entregado a Dios está segura.
Otro misterio que el hombre todavía no ha resuelto es el siguiente: Dios puede hacer que las ramas de algunos árboles se proyecten del tronco del árbol y crezcan hasta medir doce, quince, y dieciocho metros de largo, y esto sin ningún soporte fuera de las muchas fibras que amarran la rama al tronco del árbol. Ningún ser humano ha descubierto cómo aplicar este principio en la construcción de edificios o puentes.
Dios toma oxígeno e hidrógeno, los cuales no tienen olor, sabor, ni color y los combina con carbón, el cuál es insoluble, negro, y sin sabor. El resultado de esta combinación es el azúcar, precioso, blanco, y dulce. ¿Cómo hace Dios esto? Yo no lo entiendo.
Yo sólo sé que Dios puede tomar una vida vacía e inútil y transformarla en un hermoso jardín de gracia y dulzura para su gloria.
Le quedan cinco meses de vida, fue el doloroso pronóstico que le dio el Dr. Browning al joven Carlos.
Esas palabras pasaban repetidas veces de día y de noche por la mente de Carlos. Su vida no duraría más que cinco hojas del calendario, y luego el abismo, el porvenir desconocido. Nunca había pensado seriamente en la muerte ni en la eternidad. Habia sido un joven fuerte y sano. Habia llegado a ser el mejor jugador de fútbol de su equipo, y también ocupaba el primer lugar en la competencia de ciclismo… y ahora esa enfermedad incurable que lo consumía rápidamente según el dictamen médico. Ahora se encontraba ante la muerte. Carlos sentía que se le helaba la sangre ante una perspectiva tan sombría. Cinco meses que volaría, y después… la muerte.
Un día llegó a visitarlo su íntimo amigo, Melvin. Carlos le contó lo que le estaba ocurriendo y luego le preguntó con tono de profunda angustia:
-¿qué hago? ¿qué debo hacer?
Melvin era un buen amigo, pero ante la situación desesperante de Carlos, sólo pudo decir con muy poco ánimo:
-bueno, quítate ese pensamiento de la mente y no te preocupes más. Permanecieron un rato en silencio, y luego Melvin exclamó con entusiasmo:
-¡ya sé qué haremos! Y aproximando su silla a la cama del enfermo, agregó - Con esto nos vamos a entretener. Yo seré tu secretario. La personalidad impulsiva y alegre de Melvin hizo que Carlos sonriera y escuchara con interés la propuesta de su amigo -. Lo único que tienes que hacer es poner un anuncio en el periódico. Pídeles a los lectores que te escriban y te digan qué harían ellos si se enteraran que les quedan sólo cinco meses de vida.
Tres días después, Linda Moore, una señorita cristiana, leía el siguiente anuncio puesto por Carlos Bryant: “soy un joven de 23 años. Me quedan sólo cinco meses de vida. ¿Podrían darme algunas sugerencias acerca de la mejor manera de aprovechar este tiempo?.
Linda buscó un librito del Evangelio según San Juan. Buscó el capítulo 3 y el versículo 16 y lo subrayó con rojo: “porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda mas tenga vida eterna”.
Luego, sentándose frente a su máquina de escribir, redactó lo siguiente: “Quiero informar al señor Bryant, cuál es su necesidad más urgente”. Escribió durante largo rato. En la carta le habló del gran amor de Jesús y la infinita compasión que lo condujo a vivir en este mundo entre los pecadores. Le habló acerca de la muerte que Jesús sufrió en la curz del Calvario por nosotros… y por Caros. Le contó de la gloriosa resurrección de Jesucristo. Le explicó lo que Jesús habia hecho por el ser humano y que así pagó el precio de nuestra salvación. Le dijo que lo único que tenía que hacer era arrepentirse de sus pecados, y abandonarlos para luego seguir a Cristo. “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28) Con estas palabras de invitación de Jesús, concluyó la carta. La puso en un sobre junto con el librito de San Juan y la envió mientras elevaba a Dios una ferviente oración, pidiéndole que influyera en la mente y la voluntad de Carlos de tal manera que se decidiera a recibir a Cristo como su Salvador.
Las sugerencias empezaron a llegar. El primer día llegaron dos cartas, el siguiente, tres: luego diez, veinte y hasta cincuenta en un solo día. Melvin cumplió con su promesa. Todos los días visitaba a Carlos en el hospital y hacía las veces de su secretario. Abría todas las cartas y seleccionaba las más interesantes para leérselas a su amigo, ya que la debilidad de éste no le permitía leer tantas cartas por si mismo.
Una carta había cruzado el océano para recomendarle unas hierbas milagrosas. Una anciana le aconsejó que repasara mentalmente su vida y se detuviera a meditar en lo bueno y bello que había hecho. Un hombre le aconsejó que mientras tuviera vida, siguiera el consejo del viejo Epicuro: “Come, bebe y sé feliz”.
Todas las cartas eran interesantes. Algunas contenían humor y otras compasión. Pero ninguna contenía la ayuda verdadera para aquel joven que agonizaba.
-Aquí veo un sobre con una letra muy bonita… ha de ser de una mujer maliciosa - comentó Melvin, con aire de burla mientras abría el sobre y aspiraba un leve aroma que desprendía el papel. Además de la carta extrajo un librito -. Esta señorita envia su sugerencia en forma de libro. Es una parte de la Biblia, Carlos. Es la primera carta que recibimos que contenga consejos de índole religioso. Veamos qué dice.
Melvin comenzó a leer la carta en voz baja. Carlos notó que el rostro de su amigo acusaba seriedad, interés y preocupación a medida que avanzaba con la lectura. Las palabras le hacían una buena impresión, especialmente la descripción que la señorita hacía de un maravilloso Salvador.
-Carlos- dijo al terminar la carta - creo que esta señorita tiene algo que enseñarnos. Escucha. -Luego Melvin leyó toda la carta en voz alta - ¿Qué harás con estos consejos?
Un profundo silencio se prolongó en la habitación, interrumpido sólo por el débil tic tac del reloj. Finalmente Carlos dijo: - Melvin, esa señorita Linda tiene razón. Yo ya había escuchado algo de eso antes, y ahora con esa explicación tan clara, lo entiendo todo muy bien. ¿Lo entiendes tu?.
-Si - respondió Melvin- lo entiendo muy bien y creo, Carlos, que lo que debemos hacer ahora mismo es acudir a Cristo. Debemos pedirle que sea nuestro Salvador, que nos perdone nuestros pecados, y que nos acepte como hijos de Dios.
Después de leer el librito de San Juan y hablar un rato más, estos dos jóvenes, uno fuerte y el otro ya debilitado, entregaron el corazón y la vida a Jesucristo el Salvador.
Tres meses y medio después, Melvin y Linda acompañaban el cortejo que conducía al cementerio los restos de aquel joven que sólo seis meses antes habia sido un destacado deportista. Su alma había pasado a la eternidad.
Melvin comentaba después sobre el maravilloso cambio que se había observado en Carlos desde aquel día en que recibió a Cristo. ¡Qué meses tan radiantes! Mientras aquel cuerpo era consumido por la enfermedad, el espíritu se fortalecía. Carlos pasó a la eternidad con una sonrisa. Aunque su vida aquí en la tierra había acabado, apenas había empezado su vida en el cielo con Cristo para toda la eternidad.
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