Hebreos 12.14-15 buscad la paz con todos y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor. Mirad bien de que nadie deje de alcanzar la gracia de Dios; que ninguna raíz de amargura, brotando, cause dificultades y por ella muchos sean contaminados.
Este pasaje presenta varios puntos interesantes sobre el problema de la raíz de amargura en la via de los cristianos. Primeramente, observe que el contexto del problema se encuentra en el marco de las relaciones interpersonales. El pasaje comienza animando a los hebreos a que procuren vivir sus relaciones en un ámbito de paz y santidad. Esto quiere decir llevar la interacción con otras personas a una dimensión totalmente diferente a la que usualmente se ve entre los que no son de la casa de Dios. Las relaciones deben estar caracterizadas por una pureza y un bienestar que testifican el obrar del Espíritu en todo momento. Los conflictos y las diferencias se resuelven dentro un marco de armonía y respeto mutuo.
Es justamente con esta perspectiva, entonces, que se puede entender la advertencia contra la manifestación de una raíz de amargura. El término que usa el autor “raíz de amargura” es particularmente gráfico. La raíz de la planta es la parte que no se ve. Desciende a lugares desconocidos e invisibles para el hombre. Pero cumple una función vital en la planta, pues la alimenta y nutre a diario. De la misma manera, una raíz de amargura se instala en los lugares más escondidos y oscuros del alma. Por esta razón es difícil detectar exactamente dónde se ha alojado, aunque sus despreciables frutos son fácilmente visibles. Desde este lugar escondido alimenta y condiciona la vida de la persona.
Aunque su detección es difícil, el versículo anterior señala cuál es el contexto propicio para su surgimiento. Todos aquellos conflictos e injusticias que el ser humano vive, que forman parte intrínseca de la vida, y no son resueltas espiritualmente, proveen el terreno fértil para la raíz de amargura. Su mismo nombre describe la clase de “planta” que es. Su característica es ese estado de disgusto y acidez que tiñe todas las cosas y no nos permite pensar ni hablar de otra cosa sino del mal que hemos vivido. ¡Entre las víctimas más claras de la raíz de amargura se encuentra el gozo! La solución a su insidiosa influencia es la gracia de Dios. Por esta razón el autor anima a que ninguno deje de alcanzar la gracia, ese elemento divino que permite resolver correctamente las situaciones más devastadoras.
En último lugar, debemos notar que la raíz de amargura se hace fuerte primero en la vida de una persona, pero luego contamina a los de su alrededor. Su influencia va enfermando a los que antes estaban sanos. Por eso urge que sea enérgico el proceso de detectarla y arrancarla.
Para pensar: Oíste que fue dicho: “amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo”. Pero yo os digo. “amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os odian y orad por los que os ultrajan y os persiguen, para se seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos y llover sobre justos e injustos” Mateos 5.43-45
Chris. Shaw
Jesús dijo a Simón Pedro; Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos? Pedro le dijo: Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Jesús le dijo: Apacienta mis corderos. Juan 21.15
La mayoría de las traducciones de este versículo no captan una diferencia clave en las palabras que intercambiaron el Señor y Pedro, y por eso he optado usar la versión de la Biblia de las Américas en el texto de hoy.
Cuando Cristo le preguntó a Pedro si lo amaba escogió la palabra griega ágape. De las tres palabras para amor en ese idioma, esta es la más sublime. Personifica el amor expresado por la vida y obra de Jesucristo. Es un amor que tiene el más elevado grado de compromiso con el prójimo y que se traduce en sacrificio por el bien del otro. La mejor descripción de esta clase de amor la tenemos en Filipenses 2.5-11
En su respuesta Pedro, sin embargo, no usó la misma palabra que el Maestro, sino que optó por el término fileo. Esta palabra expresa la relación que existe entre hermanos y definitivamente está por debajo del vínculo que encierra el concepto de amor ágape. La versión de La Biblia de las Américas correctamente traduce la respuesta de Pedro: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”.
Quizás usted piensa que estamos perdiendo tiempo en un detalle de poca relevancia. La verdad, sin embargo, es que la diferencia revela un importante principio en la vida de Pedro. En la noche en que Jesús fue traicionado, Pedro había proclamado con confianza que él estaba dispuesto a seguir al Señor donde quiera que fuera. Aun cuando el Señor le advirtió que no sería así, él siguió insistiendo que, si fuera necesario, estaría dispuesto a dar su vida por Cristo. En otras palabras, creía que su compromiso estaba a la altura de la clase de sacrificio que demandaba el amor ágape.
Ahora, sin embargo, entendía que sus declaraciones habían sido muy presumidas. Vivía con la vergüenza de haber negado tres veces al Señor. Creo firmemente que en este incidente el Seños estaba restaurando a Pedro, para que pudiera ocupar el lugar clave que le estaba reservado en la iglesia naciente. Para este trabajo de restauración, no obstante, era necesario tener la certeza de que Pedro había aprendido la lección acerca de las serias limitaciones que tenía su propio entusiasmo y celo por las cosas de Dios.
La respuesta del discípulo nos muestra que Pedro sí había aprendido de sus propios errores. Una vez había afirmado confiadamente que su amor era incondicional. Pero no estaba dispuesto a transitar por este camino una segunda vez. Nuestros errores y nuestras derrotas pueden ser el semillero para algunas de las lecciones más importantes de la vida. Todo error tiene el potencial de enseñarnos algo. Para poder aprender esas lecciones, sin embargo, tenemos que estar dispuestos a reflexionar sobre lo vivido, evaluar dónde nos equivocamos, y descifrar cuáles son los comportamientos necesarios para evitar pasar nuevamente por el mismo camino.
Nuestros errores, entonces, pueden convertirse en nuestras más valiosas experiencias. Está en nosotros aprovechar el potencial que poseen.
Para pensar: ¿cómo reacciona cuando se equivoca? ¿Cuánto tiempo pierde en lamentos y reproches? ¿Qué revelan sus reacciones acerca de la clase de persona que es? ¿Cómo puede usar sus errores para crecer?
Yo pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados: con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor, procurando mantener la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz (Efesios 4.1-3)
Con frecuencia escucho en ámbitos eclesiásticos frases tales como; “debemos procurar la unidad; hay que hacer actividades que fomenten la unidad; necesitamos acercarnos a otras congregaciones para cultivar la unidad…” Tales expresiones delatan la convicción de que somos capaces de producir la unidad entre los hijos de Dios. El pasaje de hoy nos anima a guardar la unida. No se puede guardar algo que no existe. De manera que nos exhorta a preservar algo que ya es parte de la realidad de la iglesia, no a buscar las formas de crear algo que aún no se ha establecido.
“¡Un momento!”, me dice usted. “¿Cómo podemos hablar de la unidad de la iglesia, cuando existen tantas divisiones, discusiones y peleas entre los que son de la casa de Dios?”
Observe por un momento la exhortación sobre la cual estamos reflexionando. Incluye palabras tales como humildad, mansedumbre, soportarse y ser pacientes unos con otros. Estas no son frases que hablan de un trabajo de construcción, sino más bien actitudes necesarias para no ser responsables de quebrar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz.
El hecho es que la unidad no es algo natural en nosotros, sino algo sobrenatural. Por esta razón, es del Espíritu. No podemos producirla, ni fomentarla. Solamente podemos disfrutarla como una manifestación de la presencia de Dios entre nosotros. Podemos ser uno, porque el Padre, el Hijo y el Espíritu son una perfecta unidad. Al estar unidos a ellos, por medio del Hijo, la unidad se transmite a su pueblo.
¿Qué es lo que podemos hacer nosotros? Solamente quebrar la unidad. Esto lo hacemos con actitudes de soberbia, altivez, egoísmo e impaciencia. Por esto, el camino apropiado para restaurar la unidad no es el de los proyectos que la van a producir, sino el del arrepentimiento. La unidad se preservaría, de no ser por nuestras actitudes incorrectas. Para que pueda manifestarse en toda su plenitud, debemos hacer a un lado las tendencias individualistas que no son naturales para dejar que ese espíritu de amor y mansedumbre que es propio del Señor comience a trabajar en nuestros corazones.
Cabe señalar que la unidad es una condición espiritual, no mental. Entre nosotros muchas veces se entiende a la unidad como “uniformidad”; es decir, que todos pensemos de la misma manera, y hagamos las mismas cosas. Con esto en mente, organizamos eventos masivos y animamos a la congregación a participar, para “mostrar la unidad de la iglesia”. Esta es la unidad que quería imponer la iglesia de Jerusalén sobre Pablo y Bernabé; todos dedicados a una sola tarea. Este tipo de unidad no admite diferencias. Más la verdadera unidad del Espíritu permite que un Padre, un Hijo y un Espíritu convivan en perfecta armonía, aunque son enteramente diferentes el uno del otro.
PEOR QUE LA DESOBEDIENCIA!
Pero Jonás se disgustó en extremo, y se enojó. Así que oró a Jehová y le dijo: “Ah, Jehová!, ¿no es esto lo que yo decía cuando aún estaba en mi tierra? Por eso me apresuré a huir a Tarsis, porque yo sabía que tú eres un Dios clemente y piadoso, tardo en enojarte y de gran misericordia, que te arrepientes del mal.
Un santo, Henry Smith, observó en cierta ocasión: “¡El pecado justificado doble pecado es! ¡Cuánta verdad hay en esta declaración! No cabe duda que la desobediencia es detestable a nuestro Dios. A este pecado, sin embargo, se le agrega uno que es aún más despreciable; nuestra incurable tendencia a justificar nuestro pecado, ya sea delante de los hombres o delante del Señor mismo. ¿Ha notado cuántas veces los relatos de desobediencia van acompañados de esta lamentable tendencia? Adán, confrontado, dijo: “la mujer que me diste”. Eva, confrontada, dijo: “La serpiente me engañó”. Aarón, confrontado por hacer el becerro de oro, dijo: “Yo no hice nada, sino que tiré el oro al fuego y este becerro salió solo”. Saúl, confrontado por su desviación de la palabra, dijo: “No fui yo, sino el pueblo que estaba conmigo.
¡Cuántas veces usted y yo hemos hecho lo mismo! Piense en todas esas ocasiones que condenamos rotundamente en otros aquello que nosotros mismos también hacemos. En nuestro caso, no obstante, siempre tenemos una elaborada explicación para demostrar que, en realidad, nuestro pecado no es pecado; mas el pecado del otro sí lo es.
A pesar de todo esto, nuestros argumentos no convencen a Dios. El Señor no castigó a Adán por el pecado de Eva, ni a Eva por el pecado de la serpiente, ni al pueblo por el pecado de Aarón, ni a los israelitas por el pecado de Saúl. Cada uno recibió el justo y merecido pago por sus propios pecados. Así también será en su vida y la mía. Ante su trono nuestros argumentos serán como paja que se lleva el viento. “Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo. (2 Cor. 5.10)
Para pensar: Existe un camino más corto y sencillo para nuestras rebeliones. Es el de la humilde confesión que viene de un corazón contrito y quebrantado. Tal es la confesión del gran rey David, en el Salmo 51.3-4: “Porque yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de mi. Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos, para que seas reconocido justo en tu palabra, y tenido por puro en tu juicio”. Como líder usted tiene el desafío no solamente de andar en sencillez de corazón, sino también de darle ejemplo de esto a su pueblo. Qué su pueblo le pueda conocer como una persona que no tiene permanentes justificativos para lo que claramente no es justificable. Elija el camino de la confesión sin rodeos. ¡Le hará bien a usted, y también a los que están bajo su formación!
Jehová dirigió su palabra a Jonás hijo de Amitai y le dijo: “Levántate y ve a Nínive, aquella gran ciudad y clama contra ella, porque su maldad ha subido hasta mí”. Pero Jonás se levantó para huir de la presencia de Jehová a Tarsis, y descendió a Jope, donde encontró una nave que partía para Tarsis; pagó su pasaje, y se embarcó para irse con ellos a Tarsis, lejos de la presencia de Jehová. (Jonás 1.1-3)
¿Cómo podemos saber si nuestro Dios nos está hablando? Esta pregunta es importante, pues la vida del creyente, que debe vivirse en obediencia a él, no será posible si no podemos discernir lo que él nos está diciendo. De modo que necesitamos alguna forma de evaluar si la palabra que recibimos es realmente Palabra de Dios, o no.
Nuestra capacidad de convencernos que lo que hemos escuchado es Palabra de Dios no tiene límites. No es esto, sin embargo, ninguna garantía de que esto haya acontecido. Cuando Saúl perseguía a David, y hacía ya tiempo que el Espíritu de Dios se había apartado de él, vinieron a decirle dónde se escondía el fugitivo pastor de Belén. El rey exclamó: “Benditos seáis vosotros de Jehová, que habéis tenido compasión de mí” (1 Samuel 23,21). Nosotros sabemos, sin embargo, que esto no aconteció por la mano de Dios. Ni tampoco estaban en lo cierto los hombres de David cuando le animaron a matar a Saúl, diciendo “Jehová ha entregado en tus manos a tu enemigo”. La verdad es que si deseamos algo con suficiente pasión, podemos fácilmente convencernos de que Dios mismo está detrás de nuestros proyectos y que es él quien nos habla con respecto a ellos.
Una de las características que vemos en las Escrituras, sin embargo, es que la Palabra incomodaba al que la recibía. Hasta le podía parecer escandalosa o ridícula. Piense en Moisés argumentando con Dios frente a la zarza. Piense en Sara que se reía de la propuesta de un embarazo en su vejez. Piense en Jeremías confundido por el llamado de Dios. Piense en Jonás, que huyó de la presencia de Dios. Piense en Zacarías frente al anuncio de un hijo. Piense en el joven rico, que se fue triste porque tenía mucho dinero. O piense en los que dejaron de seguir a Cristo, porque sus palabras eran muy duras. La lista es interminable. En todos hay indignadas, desafiadas, escandalizadas… ¡pero nunca entusiasmadas! La razón es sencilla; estamos en el proceso de ser transformados, y su Palabra siempre va a chocar con los aspectos no redimidos de nuestra vida. Al escuchar lo que nos dice, la carne inmediatamente se levantará a protestar.
Descendí a casa del alfarero, y hallé que él estaba trabajando en el torno. Y la vasija de barro que él hacía se echó a perder en sus manos, pero él volvió a hacer otra vasija, según le pareció mejor hacerla. Entonces vino a mí palabra de Jehová, diciendo: “¿No podré yo hacer con vosotros como este alfarero, casa Israel?, dice Jehová. Como el barro en manos del alfarero, así sois vosotros en mis manos, casa de Israel”. Jeremías 18.3-6
Cuando se presenta a la verdad usando ilustraciones visibles y reales de la vida cotidiana, es fácilmente asimilada. El pasaje de hoy ilustra a la perfección esta metodología. El Señor deseaba hacer una declaración acerca de su trato con Israel. En lugar de simplemente enunciar el principio, mandó al profeta a que descendiera a la casa del alfarero para observarlo mientras trabajaba. Jeremías obedeció y comenzó a mirar al artesano. Con la destreza natural de quienes trabajan todos los días en el mismo oficio, el hombre tomó una masa de barro y la colocó sobre la rueda, para luego hacerla girar a velocidad. Remojando continuamente sus manos en agua, fue lentamente trabajando el barro, hasta que comenzó a surgir la forma de una vasija. Habiendo acabado con la forma externa, comenzó a vaciar el interior. En un momento, sin embargo, se derrumbó el costado de la vasija. Con paciencia, el alfarero tomó lo que quedaba de su trabajo, lo amasó de nuevo y comenzó otra vez a darle forma.
En ese momento, el Señor le habló al profeta: “Así hago también con la obra de mis manos”, le dijo. En un instante, Jeremías captó la esencia del espíritu perseverante que caracteriza a Dios, un Dios que no se da por vencido cuando las cosas se echan a perder. Al contrario, no desvía su intención de hacer algo útil del barro. Comienza otra vez a trabajar hasta que consigue lo que quiere.
Este principio sublime debe tener profundo significado para los que estamos sirviendo dentro del pueblo de Dios. En primer lugar, porque nos anima a creer que aun cuando cometemos los peores errores, siempre existe la oportunidad de volver a empezar. El hecho de que Moisés asesinara a un egipcio, no desvió el plan de Dios. El hecho que Elías huyera al desierto y pidiera la muerte, no llevó al Señor a abandonarlo y buscar otro profeta. El hecho de que Pedro negar tres veces a Cristo, no llevó al Señor a desechar al apóstol de la obra para la cual lo había llamado. En cada uno de estos casos, el alfarero divino simplemente tomó lo que quedaba de su obra original y le volvió a dar forma. Así también en nuestras vidas; él podrá redimir aun nuestras más groseras faltas.
Esto debe animarnos también con las personas que estamos formando. Muchas veces van a equivocar el camino. Nosotros nos sentiremos tentados a “tirar la toalla” con ellos. Pero el Señor nos recuerda que él no desecha a nadie. Deberemos, por tanto, armarnos de la misma paciencia y bondad que el Señor para terminar la obra que se nos ha encomendado…
Para pensar: Cuando {el ha escogido a alguien, nada ni nadie podrá descarrilar ese proyecto, aunque pueda haber muchos contratiempos en el camino.
Chris Shaw (alza tus ojos)
Todos los días del afligido son malos, pero el de corazón alegre tiene un banquete continuo. (Proverbios 15.15)
Si usted ha estado cerca de una persona negativa sabe lo desgastante que es. No importa cuál es la circunstancia en la que se encuentra, esta persona siempre encuentra algo de qué quejarse. Sus comentarios están repletos de lamentos, críticas y comentarios depresivos con respecto al futuro. Uno se siente tentado a huir de tal persona, porque su actitud lentamente va apagando toda manifestación de alegría o esperanza en los demás.
Es importante que tengamos en cuenta cuál es la esencia del error de esta clase de personas, porque la semilla de esta actitud yace en cada uno de nuestros corazones. Esto no tiene por qué sorprendernos, pues estamos inmersos en un sistema cultural que se esfuerza por hacernos creer que la verdadera felicidad depende lo que está a nuestro alrededor, la abundancia de nuestras pertenencias, lo abultado de nuestro sueldo, lo agradable de nuestras circunstancias y lo extenso de nuestra lista de amigos. Como esta no es nuestra realidad, podemos pasar todo nuestro tiempo lamentando el hecho de que estas condiciones, que según la filosofía popular son esenciales para nuestra felicidad, nos han sido negadas.
El autor de Proverbios, con sabiduría incisiva, nos está señalando que la alegría de vivir no tiene nada que ver con lo que tenemos, ni tampoco con lo que está pasando a nuestro alrededor. La posibilidad de ver la vida con gratitud y alegría viene de una realidad que se ha instalado en la profundidad de nuestro corazón, y no hay circunstancia que la pueda desalojar. Por esta razón, el de corazón alegre, siempre encuentra motivos para celebrar, aun en medio de las circunstancias más adversas. El afligido, en cambio, puede encontrarse rodeado de una realidad envidiable, e igualmente concentrarse solamente en lo que le desagrada.
¿Cómo cultivar esta actitud? Estamos hablando aquí de una tendencia a la celebración constante, y esta actitud no puede tener otro origen que la certeza de que Dios está presente siempre, obrando en cada circunstancia y procurando lo mejor para mi vida. La persona de corazón alegre ve la bondad de Dios en todos lados, y esto lo motiva a ofrecer continuas expresiones de gratitud y gozo. No pierde oportunidad para hacer partícipes a los demás de la fiesta que vive con el Señor. Es decir, bendice, porque se siente bendecido.
¿Será entonces, que necesitamos sentirnos bendecidos para irrumpir en esta clase de vida celebratoria? ¡De ninguna manera!, pues ya hemos sido bendecidos con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo Jesús (Ef. 1.3). Aunque usted no lo sienta, la bendición ya ha sido derramada en abundancia. Lo que necesitamos, más bien, es recuperar una perspectiva celestial de la vida. Esto sólo será posible si hacemos de la celebración una disciplina que contrarreste el espíritu de queja y crítica tan prevaleciente en nuestros tiempos. “Regocijaos en el Señor siempre”, nos dice Pablo, “Otra vez lo diré: ¡Regocijaos! (Filip. 4.4)
Para pensar: Richard Foster, autor de Alabanza a la disciplina, escribe: “El estar libre de la ansiedad y la preocupación es el fundamente de la celebración. Como sabemos que Dios tiene cuidado de nosotros, podemos echar todas nuestras ansiedades sobre él. Dios ha cambiado nuestro lamento en baile.”
Christopher Shaw.
Designó entonces a doce, para que estuvieran con él, para enviarlos a predicar, y que tuvieran autoridad para sanar enfermedades y para echar fuera demonios. Marcos 3.14-15
Este versículo nos da, en forma resumida, una clara idea de cuál era el plan que Cristo tenía en mente cuando escogió a sus doce discípulos. El camino a seguir incluía tres claros objetivos: 1) estar con él, 2) enviarlos a predicar, y 3) darles autoridad sobre los enfermos y los endemoniados.
Hay otros pasajes donde podría ser modificado el orden sin que se altere el producto final. Pero esta es una clara instancia de una secuencia en la que cada paso depende de la anterior. El orden establecido para esta estrategia no puede ser modificado. Podríamos sanar enfermos y expulsar demonios, pero tendría escaso valor si no fuera acompañada de la Palabra, que tiene un peso eterno. Asimismo, podríamos también agregarle la predicación de la Palabra a nuestro ministerio de sanidad, pero si no está sustentado por una relación de intimidad con el Hijo, no podríamos realmente señalar el camino hacia el conocimiento del Mesías.
Es aquí donde, como pastores, necesitamos ejercer gran cautela. La vorágine del ministerio con frecuencia lleva a que estos factores se inviertan, de manera que nos encontremos atrapados en gran cantidad de actividades que tienen la apariencia de devoción, pero que nos han robado lo más precioso, que es nuestra relación con el Señor.
Cuando me encuentro con pastores, siempre busco la oportunidad de preguntarles cómo andan en su vida espiritual. Es fácil tomar por sentado que si estamos en el ministerio entonces, lógicamente, estaremos disfrutando de intimidad con el gran Pastor. La realidad, lamentablemente, es otra. Muchas veces encuentro que los pastores han perdido su pasión por Aquel a quien están sirviendo con tanta devoción.
El evangelio de Mateo nos presenta una escena escalofriante. Algunos que pretenden justificar su falta de relación, señalando las muchas obras que han realizado, dirán en el día del juicio: “Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre y en tu nombre echamos fuera demonios y en tu nombre hicimos muchos milagros?”. El Hijo del Hombre les responde con esta lapidaria frase: “Nunca os conocí. ¡Apartaos de mí, hacedores de maldad!! Mateo 7.22-23. Note usted que Jesús les llama “hacedores de maldad”. Es muy fuerte! No deja lugar a dudas que toda obra divorciada de una relación con el Señor, aun cuando sea obra para él, es obra mala.
¿Ha perdido usted la disciplina de pasar tiempo con él, buscando su rostro y su compañía? ¿Lo han vencido las constantes demandas para hacer cosas en la iglesia? ¿Se le ha enfriado un poco la relación con el Señor? ¿Por qué no aprovecha este día para volver a poner las cosas en su lugar? ¡Acérquese con confianza y renueve esa relación que tanto bien le hace! El Señor lo ha estado esperando.
PARA PENSAR: Alguien ha observado alguna vez que estar ocupado en los negocios del Rey, no es excusa para olvidarse del Rey. Si usted está tan ocupado que no le queda tiempo para estar con su Pastor, está más ocupado de lo que él quiere.
(Christopher Shaw)
Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios. 2 Cor. 1.3-4
No es una simple coincidencia que Pablo abra esta carta con la declaración que hoy leemos. Más que ningún otro de sus escritos, la segunda carta a los Corintios contiene un detalle escalofriante de las tribulaciones por las cuales había transitado el apóstol. En el capitulo 11, una lista de estas experiencias incluye trabajos, cárceles, azotes, varas, naufragios, fatigas, hambre, sed, frío y desnudez. ¿Cómo no iba a hablar con autoridad sobre el tema del consuelo?
En estos versículos menciona al menos dos cosas que son importantes para nosotros. En primer lugar, dice que Dios es Padre de misericordia y de toda consolación. Estas dos características de su persona ponen en relieve la bondad de su corazón. Si bien él ama a todos por igual, pareciera verdad que tiene especial compasión por los que están en situaciones de angustia, injusticia, opresión o abandono. No pocas veces en el Antiguo Testamento se lo describe como el Dios de los “quebrantados de corazón” Salmos 147.3. En forma sobrenatural, ministra a los que están en crisis y venda sus heridas para que sean restaurados. Así lo ha hecho con incontables otros santos a lo largo de la historia, visitándolos en su momento de angustia y trayendo sobre ellos una manifestación poderosa de su gracia.
En segundo lugar, Pablo afirma que él puede consolar a otros con esta misma consolación. Es en esta declaración que quiero que usted se detenga por un momento. Seguramente, en su ministerio le tocará, en más de una ocasión, estar con personas que están pasando por momentos de profunda crisis personal. En más de una ocasión usted también habrá transitado por ese mismo camino. Tome nota que el apóstol dice que él consolaba con el consuelo con que había sido consolado.
En situaciones de crisis, abundan las personas que se acercan para dar consuelo, pero no consuelo divino. Sus intentos de ayudar incluyen recitar versículos, contar sus propias experiencias, o tratar de espiritualizar la prueba por la cual está pasando la otra persona. Nada de esto ayuda y, en no pocas ocasiones, solamente produce irritación. Los resultados proclaman cuán limitados son los esfuerzos de la carne por producir obras espirituales.
El consuelo que sana, es el que nace en la obra sobrenatural de Dios. Para practicarlo, usted primeramente tiene que haberlo experimentado. No es suficiente que usted también haya pasado por pruebas. Esto no lo capacita a usted para consolar. Pero si ha sido consolado por el Señor mismo, conoce de primera mano la tierna bondad de Cristo. Al acercarse a otro que está atribulado, lo hará con la misma sensibilidad, con la misma ternura, y con el mismo cuidado.
Para pensar: A decir verdad, solamente podrá reproducir este tipo de consuelo si va de la mano del que lo ha consolado a usted, Dios mismo. No se apresure a hablar lo primero que se le venga ala cabeza. Permita que el Señor lo guíe, y lo haga partícipe de un momento de sanidad sobrenatural.
¿Cómo actúa en situaciones de crisis? ¿Cuáles de estas reacciones contribuyen a empeorar el problema? ¿Qué cosas puede hacer para manejarse con mayor sabiduría en tiempos de crisis?
David se angustió mucho, porque el pueblo hablaba de apedrearlo, pues el alma de todo el pueblo estaba llena de amargura, cada uno por sus hijos y por sus hijas. Pero David halló fortaleza en Jehová, su Dios, y dijo al sacerdote Abiatar hijo de Ahimelec: “Te ruego que me acerques el efod”. Abiatar acercó el efod a David, y David consultó a Jehová. 1 Samuel 30.6-8
David había salido a pelear junto a los filisteos, pueblo con el cual se vio obligado a morar luego de sufrir más de diez años de persecución por parte de Saúl. Mientras estaban David y sus hombres lejos de casa, vinieron a saquear su pueblo y se llevaron cautivos a las mujeres y niños. Cuando los guerreros regresaron a casa se encontraron con un cuadro verdaderamente desolador, el cual produjo en ellos una genuina amargura.
Quien ha asumido responsabilidades frente a otros se va a enfrentar ocasionalmente a situaciones de profundas crisis que pueden tener consecuencias devastadoras para el grupo. Esto es parte de la realidad que le toca vivir a cada líder. Y en algunas pocas situaciones, los seguidores cuestionarán duramente al líder y hasta contemplarán medidas drásticas contra su persona. Los hombres de David querían matarlo.
En situaciones de crisis siempre afloran en nosotros las reacciones más carnales. Nos lamentamos por lo ocurrido. Nos preocupamos por las posibles consecuencias. Cuestionamos los pasos que nos llevaron a la crisis. Nos enojamos con los que están más cerca nuestro. Buscamos a quién echarle la culpa. Nos apresuramos en tomar decisiones imprudentes. Todas estas cosas rara vez contribuyen a una solución.
Cuán instructivo resulta, entonces, observar el comportamiento de David en esta grave crisis que le tocó enfrentar. En primer lugar, note la reacción instintiva de un hombre acostumbrado a caminar con Dios: “David halló fortaleza en Jehová, su Dios”. El hombre maduro debe inmediatamente procurar, en tiempos de crisis, acercarse a la única persona que puede darle la perspectiva correcta de las cosas, devolviéndole el equilibrio y la tranquilidad en medio de la tormenta: Dios mismo. David, como lo había hecho siempre, no se demoró en buscar del Señor la fortaleza que no poseía en sí mismo.
En segundo lugar, habiendo estabilizado sus emociones y fortalecido su espíritu, David no se puso a estudiar la situación para ver cómo podía salir de ella. Llamó al sacerdote para buscar de parte de Dios, una palabra específica para este grave revés. Sabía que, en última instancia, no importaba su propia opinión, ni tampoco la opinión de sus hombres. Sí era de extrema importancia recibir instrucciones del que verdaderamente controla todas las cosas. El resultado fue que David no solamente fue fortalecido, sino que también se le dieron los pasos apropiados para recuperar todo lo que habían perdido y se logró, de esta manera, una importante victoria para todo el grupo.
Aunque son momentos difíciles de transitar, no pierda nunca de vista que algunas de las lecciones más dramáticas e impactantes en la vida de sus seguidores vendrán cuando ellos tengan la oportunidad de observarlo en situaciones de crisis. Es allí donde aflorará lo mejor o lo peor que hay en su corazón.
(Christopher Shaw)
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