“Goteará como la lluvia mi enseñanza; destilará como el rocío mi razonamiento; como la llovizna sobre la grama, y como las gotas sobre la hierba;” Dt.32:2. Bebemos agua viva cada día a través de la Palabra de Dios. Él mismo destilará la enseñaza, la cual como gotas caen ávidas para calmar nuestra sed de Vida. Cada día que recibes este mensaje, recíbelo como que fuera el mismo Dios quien con gotero cibernético nos rocía Palabra Viva Refrescante y necesaria. Eres un huerto de Jehová el cual rocía a diario Él mismo para que te anegues de alegría, para que te inundes de esperanza, para que te riegues de promesas, para que te empapes de verdad, para que nades en su bondad, para que te sumerjas en su Amor. Fértiles y jóvenes árboles siempre verdes que fructifican y multiplican, eso eres, eso somos para el Señor. Benditos que se proyectan eternamente.
“En paz me acostaré, y asimismo dormiré; porque sólo tú, Jehová, me haces vivir confiado” Sal.4:8. Sólo aquellos que hemos experimentado el no poder pegar los ojos en toda una noche, porque estás lleno de algún temor o angustia, sabemos lo que significa dormir en paz. Dormir tranquilamente como un bebé, es tan necesario para que tu sistema nervioso esté tranquilo y evites una vejez prematura, padecer de alguna manía obsesiva y hasta de padecer locura. Sólo puedes dormir tranquilo porque tú estás segurísimo que nada de lo que has hecho te afecta, que ninguna circunstancia que te rodea te inquieta y que sabes con seguridad que ningún ser humano o espíritu te altera. Sólo el Señor cuando me rodea en su Santo Espíritu y me arrulla en su regazo y se convierte en mi Escondedero, puede hacer posible que me acueste en paz, porque ciertamente Él y su Palabra me hacen vivir confiado. Bendita paz y bendito el sueño tranquilo de los justos de Jehová. Aleluya
Los evangelistas Jorge Whitefield and Juan Wesley fueron dos de los más grandes predicadores en la historia. Estos hombres predicaron a miles de personas en reuniones al aire libre, en las calles, en los parques y en las prisiones; y a lo largo de sus ministerios muchos vinieron a Cristo. Pero se levantó una disputa doctrinal entre los dos, respecto a cómo es santificada una persona. Ambas posiciones doctrinales se defendían fuertemente y alguna que otra palabra indebida fue intercambiada entre los seguidores de estos hombres, los cuales discutían de forma desagradable.
Un seguidor de Whitefield vino a él un día y le preguntó: “¿Cree Ud. que verá a Juan Wesley en el cielo?” Lo que estaba preguntando, en efecto, era: “¿Cómo podrá Wesley ser salvo si está predicando tal error?”.
Whitefield respondió: “No, no veremos a Juan Wesley en el cielo. El estará tan alto, tan cerca al trono de Cristo, tan cerca al Señor, que no podremos ser capaces de verlo”.
Pablo llamó a este tipo de espíritu: “ensanchamiento de corazón”. Y él mismo lo tenía al escribir a los corintios, una iglesia, en la que algunos lo habían acusado de ser duro y de quien se habían mofado por su predicación. Pablo les aseguró: “Nuestra boca se ha abierto a vosotros, oh corintios; nuestro corazón se ha ensanchado” (2 Corintios 6:11).
Cuando Dios ensancha nuestro corazón, de pronto ¡tantas limitaciones y barreras son quitadas! Ud. ya no ve a través de un lente estrecho. Más bien, se encuentra a sí mismo siendo dirigido por el Espíritu Santo hacia aquéllos que están sufriendo. Y los dolidos son atraídos a su espíritu compasivo por la atracción magnética del Espíritu Santo.
Así que, ¿tiene usted un corazón blando cuando ve personas en dolor? Cuando ve a un hermano o hermana que ha caído en pecado o quizás tiene problemas, ¿se siente usted tentado a decirle que algo está mal en sus vidas? Pablo dice que los quebrantados, los que pasan dolor necesitan ser restaurados con un espíritu de mansedumbre y benignidad. Ellos necesitan tener un encuentro con el espíritu que Jesús demostró tener.
Este es el clamor de mi corazón para el resto de mis días: “Dios, aleja de mí toda estrechez de corazón. Quiero tener tu espíritu de compasión para aquéllos que sufren, tu espíritu de perdón cuando vea a alguien que ha caído, tu espíritu de restauración, para quitarles su oprobio.
“Aparta de mi corazón toda parcialidad y ensancha mi capacidad de amar a mis enemigos. Cuando me acerque a alguien está en pecado, no dejes que me acerque en juicio. Por el contrario, que el pozo de aguas que brota de mi ser, sea un río de amor divino para ellos. Y permite que el amor mostrado a ellos, encienda en ellos un amor para con los demás”.
“Los ojos de Jehová están sobre los justos, y atentos sus oídos al clamor de ellos” Sal.34:15. Muchos de nosotros no nos atreveríamos a autollamarnos justos, pues miraríamos en nosotros muchas fallas. Tienen razón los que así piensan, pues ciertamente por mucha justicia que practiquemos pecamos. Sin embargo es el Señor que te llama justo o justa. No por nuestras “justicias” sino por sus múltiples misericordias. La sangre del Señor Jesucristo nos limpia de todo pecado y nos hace, nos convierte en justos delante de Él. En otras palabras somos Justificados por la sangre del Cordero de Dios y nos convertimos en holocausto, en ofrenda, en fragancia agradable para el Rey. Es por esa razón (por Jesucristo y no por otra) que los ojos de Jehová están sobre nosotros y sus oídos atentos al menor clamor de sus hijos. Así que jamás pensemos que Dios no nos escucha. Él siempre nos oye, tan cercano está como está la palabra de tu boca. Aunque estés viviendo momento muy difíciles y sientas que las circunstancias te atenazan y te oprimen; Dios está atento a tu súplica, a tu llanto, a tu voz estertórea (la voz de los desfallecidos, de los moribundos), ¿y sabes? Se duele al escucharte así, se conmueve nuestro Dios al oírte, se le eriza todo su ser y enseguida te responde. Créelo, sólo tienes que ser más sensible para ver, oír y entender su inmediata Respuesta, pues Él siempre responde.
La verdadera iglesia de Jesucristo es la niña de los ojos de Dios. Sin embargo, desde sus inicios, la iglesia ha experimentado apostasías y falsos maestros. Las iglesias primitivas, aquellos cuerpos apostólicos fundados por Pablo y los apóstoles, fueron instruidos por el pleno consejo de Dios. Nada “provechoso para el crecimiento y determinación” fue negado a los seguidores de Cristo. Se les dio la verdad, no sólo en palabra sino en demostración y en poder del Espíritu Santo.
Pablo le advirtió a Timoteo que el tiempo vendría en el que algunos del pueblo de Dios “no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas” (2 Timoteo 4:3-4).
La historia registra que esto sucedió tal como Pablo lo predijo. Después de la muerte de los apóstoles, y de la generación que fue enseñada por ellos, una conspiración de error perverso inundó la iglesia. Los creyentes eran seducidos por doctrinas extrañas; y la ciencia y la filosofía minaron la verdad del evangelio de Cristo.
Considere lo que Pablo dijo sobre la pureza de la iglesia de Cristo: “…Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga…sino que fuese santa y sin mancha” (Efesios 5:25-27).
La gran preocupación de Dios no es por la iglesia apóstata. Incluso las apostasías no podrán matar o destruir a la iglesia de Jesucristo. A pesar de estos problemas, Dios tiene todo bajo control, y su iglesia invisible, mística y vencedora no morirá. Por el contrario, el río del Espíritu Santo está fluyendo hacia el “mar muerto” de iglesias apóstatas, exponiendo la iniquidad y la tibieza. Y produciendo que una nueva vida emerja.
Aquéllos que se han tornado de iglesias muertas, sin vida, pueden no ser otra cosa que un remanente. No obstante, Jesús declaró: “Los campos están blancos para la siega y aun hay tiempo para que los obreros vayan al campo”. En ninguna parte de la Biblia dice que el Espíritu Santo ha huido de la escena, dejando atrás una cosecha marchita. El Espíritu de Dios sigue obrando, convenciendo de pecado, tocando y atrayendo a los perdidos a Cristo, incluso a los apóstatas.
La nube de testigos celestiales nos diría que no busquemos el juicio, que no nos enfoquemos en “guardar nuestra posición”. Todavía es el día del Espíritu Santo, que está a la espera de llenar a toda vasija dispuesta.
Dios sigue amando a su iglesia, ¡con manchas y todo!
En nuestros momentos de prueba y tentación, Satanás viene a nosotros, trayéndonos mentiras como: “Estás completamente rodeado y no hay salida. Siervos más fuertes que tú han caído en circunstancias menos difíciles. Ahora te toca caer. Eres un fracaso, de otra manera no estarías pasando por esto. Algo está mal en tu vida y Dios está descontento contigo”.
En medio de su prueba, Ezequías reconoció su incapacidad. Este rey se dio cuenta de que no tenía la fuerza para detener las voces de ira en su contra, voces de desánimo, de amenazas y de mentiras. El sabía que no podía librarse de esta batalla, así que buscó al Señor para que lo ayude. Y Dios le respondió, enviándole al profeta Isaías, con este mensaje: “El Señor ha oído tu clamor. Ahora, dile al Satanás que está a tus puertas: ‘Eres tú el que caerá. Por el mismo camino por donde viniste, te irás’”.
Ezequías por poco cayó en el truco del enemigo. El hecho es que si no nos ponemos de pie para enfrentar las mentiras de Satanás, si en nuestra hora de crisis, no nos dirigimos a la fe y a la oración, si no obtenemos fuerzas de las promesas de liberación que Dios nos ha dado, el diablo se reirá de nuestra débil e inconstante fe, e intensificará sus ataques.
Ezequías cobró valor por la palabra que recibió, y fue capaz de decirle con firmeza a Senaquerib: “Rey Diablo, tú no has blasfemado mi nombre, sino el de Dios mismo. Mi Señor me librará. ¡Y porque blasfemaste Su Nombre, enfrentarás su ira!”
La Biblia nos dice que Dios libró sobrenaturalmente a Ezequías y a Judá esa misma noche: “Y aconteció que aquella misma noche salió el ángel de Jehová, y mató en el campamento de los asirios a ciento ochenta y cinco mil; y cuando se levantaron por la mañana, he aquí que todo era cuerpos de muertos” (2 Reyes 19:35).
Hoy, los creyentes no están de pie sólo sobre una promesa sino sobre la sangre derramada de Jesucristo. Y en esa sangre tenemos victoria sobre todo pecado, tentación y batalla que alguna vez enfrentemos. Quizás usted ha recibido una carta del diablo, recientemente. Permítame preguntarle: “¿Cree usted que Dios tiene el anticipado conocimiento respecto a cada una de sus pruebas, cada uno de sus torpes movimientos, cada una de sus dudas y temores? Si es así, usted cuenta con el ejemplo de David, el cual oró: “Este pobre clamó y el Señor lo libró”. ¿Se atreverá usted a hacer lo mismo?
¿A quiénes les concede Jesús su paz? Usted pensará: “Yo no soy digno de vivir en la paz de Cristo, tengo demasiadas luchas en mi vida, mi fe es tan débil”.
Haríamos bien en considerar a aquellos primeros hombres que recibieron la paz de Jesús. Ninguno de ellos era digno y ninguno tenía el derecho de recibirla.
Piense en Pedro. Jesús estaba a punto de conceder su paz a un ministro del evangelio que pronto iba a estar maldiciendo. Pedro era celoso en su amor por Cristo, pero también lo iba a negar.
Luego tenemos a Santiago y su hermano Juan, hombres con un espíritu competitivo, siempre buscando el reconocimiento. Pidieron sentarse a la derecha e izquierda de Jesús, cuando ascendiera a su trono en gloria.
Los otros discípulos no eran más justos. Se enfurecieron contra Santiago y Juan, cuando éstos trataron de sobresalir. Luego está Tomás, un hombre de Dios que se había rendido a la duda. Tanta fe les hacía falta a todos los discípulos, que Jesús se asombraba y se preocupaba. Es más, en la hora más crítica de Cristo, todos lo abandonaron y huyeron. Aun después de la Resurrección , cuando la frase “¡Jesús ha resucitado!”, se esparció por doquier, los discípulos fueron tardos para creer.
Pero aun hay más. También eran hombres confundidos. No entendían los caminos del Señor. Sus parábolas los confundían. Después de la Crucifixión , perdieron todo sentido de unidad, dispersándose en todas las direcciones.
¡Qué cuadro! Estos hombres estaban llenos de temores, incredulidad, división, lamento, confusión, competencia, orgullo. Sin embargo, fue a estos mismos siervos afligidos, que Jesús dijo: “Les voy a dar mi paz”.
Los discípulos no fueron escogidos por ser buenos o justos; eso está claro. Tampoco era porque tenían talento o habilidades. Eran pescadores y obreros, mansos, del pueblo. Cristo llamó y eligió a los discípulos porque vio algo en sus corazones. A medida que miraba en ellos, sabía que cada uno se sometería al Espíritu Santo.
En este punto, todo lo que tenían los discípulos era una promesa de paz por parte de Cristo. La plenitud de dicha paz les sería dada en Pentecostés. Ahí es cuando el Espíritu Santo vendría y moraría en ellos. La paz de Cristo que recibimos, proviene del Espíritu Santo. Esta paz viene a nosotros a medida que el Espíritu nos revela a Cristo. Cuanto más anhelemos de Jesús, el Espíritu nos mostrará más de Él, y tendremos más de la paz de Cristo.
Cómo hacer para que mi hijo llegue a ser cristiano
Por Dr. Rogelio Aracena Lasserre
Uno de los graves malentendidos en las familias cristianas, es pensar que si los padres son
cristianos, sus hijos automáticamente lo serán. Este concepto es contrario a lo que afirma la Biblia.
“Por cuanto todos pecaron están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23).
Lo anterior incluye también a los niños que nacen en las familias cristianas, dado que el pecado no
es lo que hacemos sino lo que somos. Bíblicamente es un estado. El filosofo francés Rousseau
pensaba que el hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe, esto dio base para hablar de una
pretendida inocencia en los niños. Basta observar que en los niños las primeras palabras que
expresan verbalmente o con actitudes son dos: MIO y YO. Palabras y actitudes que marcan un
egocentrismo natural junto con una tendencia a no acatar normas. El rey David mencionaba en uno
de sus Salmos “He aquí en maldad he sido formado y en pecado me concibió mi madre” (Salmo
51:5).
David no alude al acto sexual de sus progenitores, sino a la herencia espiritual de pecado de todo
ser humano. Los esfuerzos de la filosofía y la sociología para dar un mensaje optimista acerca de la
naturaleza sicológica de los niños y el acento negativo puesto en la sociedad y sus restricciones o
las limitaciones en el acceso a la educación, como causa de los desórdenes de conducta infantil y
adolescente, han terminado en reconocer paulatinamente la incapacidad de dar solución a los
problemas de la niñez y la adolescencia. La ausencia de una formación espiritual como base para
los valores y la ausencia de intervención familiar es cada vez más evidente.
Los padres cristianos no están exentos de este campo de problemas. ¿Cómo desarrollar hijos
cristianos en una sociedad no cristiana? La Iglesia Católica Romana en su reunión del CELAM en
2007 en Brasil, reconoció que América Latina es un continente por evangelizar, cambiando el
histórico concepto de un continente Católico. Afirmación hecha por Dr. Harold Segura, conocido
teólogo Bautista residente en Costa Rica e invitado como observador evangélico al evento. Si los
evangélicos somos sinceros y miramos nuestro escuálido promedio de un optimista 20% de México
al extremo Sur del Continente deberíamos decir lo mismo. Esta es la base de la problemática con
los hijos y que toca también a las familias cristianas.
Debemos decir que en primer lugar lo que lo dificulta la tarea es la ausencia de testimonio tanto en
lo eclesiástico como en lo familiar. Los niños copian lo que ven hacer y no lo que oyen decir. El
secularismo está tanto en la sociedad, como en la Iglesia y la familia los matrimonios cristianos se
disuelven en la misma forma que los no cristianos, nos hemos vuelto permisivos y tolerantes.
Atrapados en el individualismo y el consumismo hablamos de un Reino eterno que está más allá,
pero nuestros valores son del más acá.
Hablamos de “Colegios cristianos” pero, ¿pueden todos los hijos de miembros de Iglesia entrar a
ellos? Algunos son de tendencia elitista, con precios prohibitivos que nos hacen preguntarnos si se
busca el servicio y testimonio de Cristo o simplemente las utilidades. Me consta por mis visitas a
varios países, incluidos de habla inglesa y las conversaciones que he tenido con Directores de
Colegio, que algunos de los profesores de los Colegios cristianos no son cristianos, incluyendo
muchas veces al propio director. En nuestras escuelas dominicales latinas, el profesorado es adhonorem
y la mayoría de las veces es un dolor de cabeza encontrar quienes deseen asumir esa tarea.
Hay ausencia de programas donde los padres sean integrados al proceso educativo con los niños. Al
decir de un rector de Seminario en un país: “los niños y los jóvenes no son el centro primordial de
atención educativa de la Iglesia, lo cual implica que tampoco lo es la familia”.
©2008 Logoi, Inc.
Todos los derechos reservados.
Toda persona desea la felicidad
más que cualquier otra cosa. Si lo analizamos bien, concluimos que casi todo esfuerzo humano es directa o indirectamente un esfuerzo por alcanzar la felicidad. La mayoría busca un sentimiento eufórico, placentero, o alegre. Quieren tomarle gusto a la vida.
Satanás y el mundo nos han engañado para que creamos que la felicidad se alcanza cuando la vida nos trata bien; cuando obtenemos riquezas, poder, o fama. Se cree que quienes logran estas cosas están felices. Es decir, se cree que las cosas de este mundo pueden proporcionamos esos sentimientos de felicidad que anhelamos.
Sin embargo la realidad es que esta mentalidad mundana no nos lleva a la felicidad verdadera. Siempre veremos a otras personas que tienen más, o que viven en circunstancias más favorables que las nuestras. Esto significa, según esta mentalidad, que ellos son más felices o dichosos que nosotros. Como resultado, surge en nosotros la disconformidad y dejamos de sentimos felices.
Con todo, las personas que han logrado las riquezas, el poder, o la fama, son por lo general las menos felices. Evidentemente las cosas de este mundo no pueden damos la felicidad. El apóstol Juan sabía bien lo que hablaba cuando dijo que el mundo y sus deseos pasan (1 Juan 2:17). La búsqueda de la felicidad en las cosas pasajeras de este mundo es una ilusión. Aunque pueden damos placer momentáneo, no pueden hacernos felices (Eclesiastés.2: 10-1 l). Eso sucede porque la felicidad verdadera, contrario a lo que muchos creen, no es primeramente un sentimiento.
Los sicólogos nos dicen que la felicidad es el fruto de una autoestima saludable. Se nos dice que la persona que vive sin felicidad es víctima de daños a su autoestima. Por lo tanto, se señala a otros o a las circunstancias como culpables de que la persona no haya alcanzado aquellas cosas que la harían feliz. El resultado de esta manera de pensar es que todos terminamos creyendo que somos víctimas. Concluimos que no
somos responsables por la depresión ni la amargura que sentimos. En lugar de felicidad, esta mentalidad produce personas intocables, deprimidas, y resentidas, pues son las víctimas de una vida injusta.
¿Qué es, pues, la felicidad verdadera? y ¿dónde la encontramos?
La felicidad verdadera es más que un sentimiento placentero o emocionante. La felicidad significa sentido y propósito para la vida. Es satisfacción con la calidad de vida que uno experimenta. Es sentirse dichoso con las condiciones de vida que tenemos.
En Mateo 5, Jesús nos da la receta para gozar de una vida que satisface los anhelos más profundos del corazón; que nos lleva a disfrutar el verdadero bien de la vida. Él nos enseña que la verdadera dicha no es el resultado de circunstancias agradables. La dicha está en las actitudes que tenemos hacia Dios y hacia las circunstancias que enfrentamos. No es lo que la vida nos pueda dar, sino la actitud con que enfrentamos la vida. Jesús dice que son “bienaventuradas”, dichosas, afortunadas, bendecidas, aquellas personas que adoptan las actitudes que él ofrece.
Estas actitudes, a primera vista, son totalmente contrarias a la lógica humana. Pero cuando las analizamos bien y, cuando las experimentamos, nos damos cuenta de que Jesús tiene razón.
Por ejemplo, Jesús dice que son dichosos “los pobres en espíritu” (Mateo 5:3). La palabra “pobre” que Jesús usa significa mendigo. ¿Quién pensaría que un mendigo es dichoso? Sin embargo, cuando entendemos que
sin Dios no somos nada, que somos totalmente dependientes de él, y además entendemos que por nuestro pecado merecemos la muerte, cualquier bendición, empezando por el hecho de estar vivos se siente como una gran riqueza. Nos asombra al considerar lo que Dios ha provisto en Cristo Jesús; nosotros que éramos enemigos de él, y ahora hechos hijos por medio de la sangre de Jesús. ¡Y pensar que nos espera el reino de los cielos! ¡Qué dichosos somos! No es pobre el que tiene poco, sino el que no está agradecido con lo que tiene.
La felicidad, pues, está en las actitudes con que nosotros miramos la vida y sus circunstancias. Jesús nos invita a aceptar sus actitudes. Él nos invita a una vida verdaderamente dichosa y feliz. No obstante, tenemos que dejar que Dios cambie nuestra manera de pensar. De hecho, es necesario que él transforme nuestro corazón. Si no conocemos el gozo de la salvación y vivimos sin la esperanza de una eternidad gloriosa con Cristo, nos será imposible desarrollar las actitudes que nos permitan alcanzar la felicidad aquí en esta tierra.
En Mateo 5, Jesús sigue delineando las actitudes que nos pueden hacer verdaderamente bienaventurados. En los siguientes números de “La Antorcha de la Verdad” veremos más de estas actitudes que Jesús recomienda para ser felices. Le invitamos a estudiarlas, aceptarlas en su vida, y de esa manera llegar a ser una persona verdaderamente bienaventurada.
Jesús nos da más de una razón por la cual necesitamos su paz. Cristo les dijo a sus discípulos, en Juan 14:30: “Viene el príncipe de este mundo”. ¿Cuál era el contexto de esta declaración? Él acababa de decirle a los doce: “No hablaré ya mucho con vosotros”. Luego, explicó el por qué: “Porque viene el príncipe de este mundo”.
Jesús sabía que Satanás estaba ocupado en aquella misma hora. El diablo ya había enlistado a Judas para que lo traicionara. Y Cristo sabía que la jerarquía religiosa en Jerusalén estaba siendo fortalecida por los principados del infierno. Él también era conciente de que una multitud inspirada por el diablo vendría muy pronto para llevarlo prisionero. Ahí es cuando Jesús les dice a los discípulos: “Satanás, el maligno, viene. Así que, ya no les seguiré hablando más”.
Jesús sabía que necesitaba tener un tiempo con el Padre para prepararse para el conflicto que enfrentaría. Él estaba a punto de ser puesto en manos de hombres malvados, tal como Él mismo lo había dicho. Y sabía que Satanás estaba haciendo todo lo posible para estremecer su paz. El diablo habría de acosarlo e intentaría desalentarlo, todo ello, en un esfuerzo por quebrantar la fe de Cristo en el Padre, cualquier cosa con tal de que Él no vaya a la Cruz.
Puede ser que usted se encuentre confundido, pensando: “Todo terminó, no lo voy a lograr”. Pero Jesús dice: “Yo sé lo que estás pasando. Ven y bebe de mi paz”.
Ahora mismo, usted puede estar atravesando el tiempo mas difícil que haya enfrentado. Su vida puede estar en juego y todo parece carecer de esperanza. Pareciera no haber escapatoria para usted y cada puerta que usted abre lo llena de más tensión, confusión y cansancio.
No interesa lo que usted esté pasando. Su vida puede parecer haber sido devastada por un tornado. Usted puede estar soportando pruebas que hacen que otros lo vean como un Job moderno. Pero en medio de sus pruebas, cuando clame al Espíritu Santo para que lo bautice en la paz de Cristo, Él lo hará.
La gente lo señalará y dirá: “El mundo de aquel hombre se ha hecho pedazos, sin embargo él ha determinado confiar en la Palabra de Dios, viva o muera. ¿Cómo puede hacerlo? ¿Cómo puede continuar? El debiera haberse rendido hace mucho tiempo, pero no lo ha hecho. Y a lo largo de todo, no ha cedido ninguno de sus principios. ¡Qué asombrosa paz! Está más allá del entendimiento”.