Archive for April, 2008

mi salmo favorito

De todos los 150 salmos, el Salmo 34 es mi favorito, por lejos. Trata enteramente acerca de la fidelidad del Señor para librar a sus hijos de las grandes pruebas y crisis. David declara: “Busqué a Jehová, y él me oyó, y me libró de todos mis temores…El ángel de Jehová acampa alrededor de los que le temen, y los defiende…Claman los justos, y Jehová oye, y los libra de todas sus angustias…Muchas son las aflicciones del justo, pero de todas ellas le librará Jehová” (Salmos 34:4, 7, 17,19).

 

Note el clamor de David en este Salmo: “Busqué a Jehová…Este pobre clamó…” (Salmos 34:4,6). ¿Cuándo hizo David este clamor? Tuvo que haber pasado cuando fingía ser loco en Gat y no podía orar audiblemente en la presencia de los filisteos. Esto nos trae a una gran verdad sobre el cuidado de Dios. A veces el clamor más alto es el que no tiene una voz audible.

 

Yo sé cómo es esta clase de “clamor interno”. Muchas de las oraciones más altas de mi vida, de mis clamores más importantes, desgarradores y profundos, han sido hechos en absoluto silencio.

 

A veces he sido tan entumecido por las circunstancias, que no podía hablar, agobiado por situaciones más allá de mí, que no podía ni siquiera pensar lo suficientemente claro como para orar. En ocasiones, me he sentado solo en mi estudio, tan desconcertado, que no era capaz de decirle nada al Señor, pero todo el tiempo mi corazón estuvo clamando: “¡Dios, ayúdame! No sé cómo orar justo ahora, así que escucha el clamor de mi corazón. Líbrame de esta situación”.

 

¿Alguna vez ha estado usted allí? ¿Alguna vez ha pensado: “No sé de qué se trata todo esto, estoy tan abrumado por mis circunstancias, tan inundado por un profundo dolor, que no lo puedo explicar. Señor, ni siquiera sé qué decirte. ¿Qué está pasando?”.

 

Creo que esto es exactamente lo que David estaba pasando cuando fue capturado por los filisteos. Cuando escribió el Salmo 34, estaba admitiendo lo siguiente: “Me encontraba en una situación tan abrumadora, que jugué el papel de un tonto. Sin embargo, por dentro, me preguntaba: ‘¿Qué me está pasando? ¿Cómo llegó esto a suceder? ¡Señor, ayúdame!’”

 

Parecía que David estaba diciendo: “Este pobre hombre clamó desde su interior, sin saber qué o cómo orar. Y el Señor me oyó y me libró”. Era un clamor profundo del corazón, y el Señor es fiel para escuchar cada gemido, sin importar cuán tenue sea

Cristo reina

Frecuentemente mucha gente se contacta con nuestro ministerio y dice: “No tengo a nadie con quien hablar, a nadie con quien compartir mi carga, a nadie que tenga tiempo para escuchar mi clamor. Necesito a alguien a quien le pueda abrir mi corazón”.

 

El rey David estaba constantemente rodeado por personas. Estaba casado y siempre había alguien a su lado. Aun así, escuchábamos el mismo clamor de él: “A quien iré”. Está en nuestra naturaleza, el necesitar a otro ser humano, con rostro, ojos y oídos, que nos escuche y nos aconseje.

 

Cuando Job estuvo abrumado por sus problemas, clamó con pena, “¡Quién me diera quien me oyese!” (Job 31:35). Él pronunció este grito mientras estaba sentado con quienes decían llamarse sus amigos. Aquellos amigos no tenían compasión por sus problemas; de hecho, eran mensajeros de la desesperanza.

 

Job sólo acudió al señor: “Mas he aquí que en los cielos está mi testigo, y mi testimonio en las alturas… Mas ante Dios derramaré mis lágrimas” (Job 16:19-20).

 

David le dice al pueblo de Dios que haga lo mismo: “Esperad en él en todo tiempo, oh pueblos; Derramad delante de él vuestro corazón; Dios es nuestro refugio” (Salmos 62:8).

 

Eventualmente, el sufrimiento nos llega a todos nosotros, y ahora mismo, multitudes de santos están encadenados por aflicciones. Sus circunstancias han tornado su gozo en sentimientos de impotencia e inutilidad. Muchos se preguntan en su dolor, “¿Por qué me está pasando esto? ¿Está Dios enojado conmigo? ¿Qué he hecho mal? ¿Por qué no responde mis oraciones?

 

Yo creo en mi corazón, que esta palabra es una invitación del Espíritu Santo para que usted encuentre un lugar privado, en donde pueda frecuentemente derramar su alma al Señor. David “derramó sus quejas”, y usted también puede hacerlo. Puede hablarle a Jesús acerca de todo: Sus problemas, sus pruebas presentes, su economía, su salud, y decirle cuán abrumado está, inclusive cuán desalentado se siente. Él lo escuchará con amor y simpatía, y no menospreciará su clamor.

 

Dios le respondió a David; le respondió a Job. Y por siglos ha respondido el clamor de todos aquéllos que han confiado en sus promesas. Él ha prometido escucharlo y guiarlo. Él ha prometido por juramento que será su fuerza, así que usted puede ir a Él y salir renovado.

Yo soy, poder y compasión

Y Jesús, llamando a sus discípulos, dijo: Tengo compasión de la gente, porque ya hace tres días que están conmigo, y no tienen qué comer; y enviarlos en ayunas no quiero, no sea que desmayen en el camino” (Mateo 15:32).

 

Creo que Cristo estaba haciéndoles a sus discípulos, una declaración. Estaba diciendo: “Voy a hacer más por la gente, que sólo sanarla. Voy a asegurarme de que tengan suficiente pan para comer. Me interesa todo lo que tenga que ver con sus vidas. Ustedes deben ver que Yo soy más que sólo poder. Yo también soy compasión. Si ustedes solamente me ven como sanador o hacedor de milagros, me temerán. Pero si también me ven como alguien compasivo, entonces, me amarán y confiarán en mí”.

 

Escribo este mensaje para todos aquéllos que están al borde del agotamiento, a punto de desmayar, agobiados a causa de su situación presente. Han sido siervos fieles, han alimentado a los demás y tienen la confianza de que Dios puede hacer lo imposible por su pueblo. Sin embargo, todavía tienen algunas dudas persistentes acerca de la disponibilidad de Dios para intervenir en su lucha.

 

Me pregunto cuántos lectores de este mensaje han hablado palabras de fe y esperanza a otras personas que enfrentaban situaciones penosas, al parecer sin esperanza. Quizás han instado con estas palabras: “Agárrese, el Señor puede hacerlo. Él es un Dios hacedor de prodigios y sus promesas son verdaderas. Así que, no pierda la esperanza, porque Él responderá su clamor”.

 

“¿Realmente crees en los milagros?” Esa es la pregunta que me hizo el Espíritu Santo. Mi respuesta fue: “Sí, por supuesto, Señor. Creo en cada milagro que he leído en las Escrituras”. Pero esta respuesta no fue lo suficientemente buena. La pregunta de Dios para cada uno de nosotros, realmente es: “¿Crees que puedo obrar un milagro para ti?” Y no tan sólo un milagro, sino un milagro para cada crisis, para cada situación que enfrentemos. Necesitamos más que los milagros del Antiguo Testamento, del Nuevo Testamento, más que esos milagros que acontecieron en la historia. Necesitamos milagros actuales, de hoy, personales, diseñados exclusivamente para nosotros y para nuestra situación.

 

Piense en alguna dificultad que está enfrentando en este instante, su mayor necesidad, su problema más preocupante. Usted ha orado acerca de ello por tanto tiempo. ¿De veras cree que el Señor es capaz y que va a solucionarlo, de maneras que usted no puede concebir? Ese tipo de fe obliga al corazón a dejar de preocuparse y de hacer preguntas. Le dice a usted que descanse en el cuidado del Padre, confiando que Él lo va a hacer todo a su manera y en su tiempo.

guardar la unidad

Yo pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados: con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor, procurando mantener la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz  (Efesios 4.1-3)

Con frecuencia escucho en ámbitos eclesiásticos frases tales como; “debemos procurar la unidad; hay que hacer actividades que fomenten la unidad; necesitamos acercarnos a otras congregaciones para cultivar la unidad…” Tales expresiones delatan la convicción de que somos capaces de producir la unidad entre los hijos de Dios. El pasaje de hoy nos anima a guardar la unida. No se puede guardar algo que no existe. De manera que nos exhorta a preservar algo que ya es parte de la realidad de la iglesia, no a buscar las formas de crear algo que aún no se ha establecido.

“¡Un momento!”, me dice usted. “¿Cómo podemos hablar de la unidad de la iglesia, cuando existen tantas divisiones, discusiones y peleas entre los que son de la casa de Dios?”

Observe por un momento la exhortación sobre la cual estamos reflexionando. Incluye palabras tales como humildad, mansedumbre, soportarse y ser pacientes unos con otros. Estas no son frases que hablan de un trabajo de construcción, sino más bien actitudes necesarias para no ser responsables de quebrar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz.

El hecho es que la unidad no es algo natural en nosotros, sino algo sobrenatural. Por esta razón, es del Espíritu. No podemos producirla, ni fomentarla. Solamente podemos disfrutarla como una manifestación de la presencia de Dios entre nosotros. Podemos ser uno, porque el Padre, el Hijo y el Espíritu son una perfecta unidad. Al estar unidos a ellos, por medio del Hijo, la unidad se transmite a su pueblo.

¿Qué es lo que podemos hacer nosotros? Solamente quebrar la unidad. Esto lo hacemos con actitudes de soberbia, altivez, egoísmo e impaciencia. Por esto, el camino apropiado para restaurar la unidad no es el de los proyectos que la van a producir, sino el del arrepentimiento. La unidad se preservaría, de no ser por nuestras actitudes incorrectas. Para que pueda manifestarse en toda su plenitud, debemos hacer a un lado las tendencias individualistas que no son naturales para dejar que ese espíritu de amor y mansedumbre que es propio del Señor comience a trabajar en nuestros corazones.

Cabe señalar que la unidad es una condición espiritual, no mental. Entre nosotros muchas veces se entiende a la unidad como “uniformidad”; es decir, que todos pensemos de la misma manera, y hagamos las mismas cosas. Con esto en mente, organizamos eventos masivos y animamos a la congregación a participar, para “mostrar la unidad de la iglesia”. Esta es la unidad que quería imponer la iglesia de Jerusalén sobre Pablo y Bernabé; todos dedicados a una sola tarea. Este tipo de unidad no admite diferencias. Más la verdadera unidad del Espíritu permite que un Padre, un Hijo y un Espíritu convivan en perfecta armonía, aunque son enteramente diferentes el uno del otro.

Jesús tenía un plan

Cuando alzó Jesús los ojos, y vio que había venido a él gran multitud, dijo a Felipe: ¿De dónde compraremos pan para que coman éstos? Pero esto decía para probarle; porque él sabía lo que había de hacer” (Juan 6:5-6). Jesús puso a un lado a Felipe y le dijo: “Felipe, acá hay miles de personas. Todas tienen hambre. ¿Dónde vamos a comprar suficiente pan para alimentarlos? ¿Qué crees que deberíamos hacer?

 

¡Qué amor tan increíble el de Cristo! Jesús siempre supo lo que iba a hacer; el versículo arriba citado nos lo dice. Sin embargo, el Señor estaba tratando de enseñarle algo a Felipe y la lección que le estaba dando, se aplica a nosotros el día de hoy. Piense al respecto: ¿Cuántas personas en el cuerpo de Cristo se quedan despiertas hasta la medianoche intentando hallar solución a sus problemas? Pensamos: “Quizás esto funcione. No, no, quizás aquéllo lo solucione. No…”

 

Felipe y los apóstoles no sólo tenían un problema de falta de panes. Tenían un problema de falta de panaderías…y un problema económico…y un problema de distribución…y un problema de transporte…y un problema de tiempo. Júntelos todos, y verá que tenían más problemas de los que pudieran incluso, imaginar. Su situación era absolutamente imposible.

 

En todo momento, Jesús sabía exactamente lo que iba a hacer. Él tenía un plan. Y lo mismo es cierto para sus problemas y dificultades, hoy. Hay un problema, pero Jesús ya conoce la situación completa. Y Él viene a usted, preguntando: “¿Qué piensas hacer respecto a esto?”.

 

La respuesta correcta por parte de Felipe, hubiera sido: “Jesús, Tú eres Dios. Para ti no hay nada imposible. Así que te entrego este problema a ti. Ya no es mío, sino tuyo”.

 

Eso es exactamente lo que debemos decirle a nuestro Señor hoy, en medio de nuestra crisis: “Señor, Tú eres el hacedor de maravillas y yo voy a rendirte todas mis dudas y temores. Te encomiendo toda esta situación, mi vida entera, a tu cuidado. Sé que no permitirías que desmaye. De hecho, Tú ya sabes lo que vas a hacer respecto a mi problema. Confío en tu poder.

en medio de un milagro

Usted podría estar en medio de un milagro en este preciso momento y simplemente, no darse cuenta. Quizás, ahora mismo esté esperando un milagro. Se encuentra desanimado porque las cosas no parecen cambiar en absoluto. No ve ninguna evidencia de la obra sobrenatural de Dios a favor suyo.

 

Considere lo que dice David en el Salmo 18: “En mi angustia invoqué a Jehová, y clamé a mi Dios. El oyó mi voz desde su templo, y mi clamor llegó delante de él, a sus oídos. La tierra fue conmovida y tembló; se conmovieron los cimientos de los montes…Humo subió de su nariz, y de su boca fuego consumidor…inclinó los cielos, y descendió…Tronó en los cielos Jehová, y el Altísimo dio su voz…Envió sus saetas…Lanzó relámpagos” (Salmos 18:6-9, 13-14).

 

Usted debe darse cuenta de que ninguna de estas cosas sucedió literalmente. Todo se trataba de algo que David vio con sus ojos espirituales. Amado, eso es fe. Es cuando usted cree que Dios ha oído su clamor, que Él no ha tardado, ni tampoco ha ignorado su petición. Por el contrario, Él comenzó calladamente su milagro, apenas usted oró; aun ahora Él está haciendo una obra sobrenatural a favor de usted. Eso es verdaderamente creer en milagros, en su maravillosa obra progresiva en nuestras vidas.

 

David entendió la verdad fundamental debajo de todo: “Me sacó a lugar espacioso; me libró, porque se agradó de mí” (Salmos 18:19). David declaró: “Yo sé por qué Dios está haciendo tanto por mí. Es porque Él se deleita en mí”.

 

De verdad, yo creo en los milagros instantáneos. Dios sigue obrando maravillas gloriosas e instantáneas en el mundo de hoy. Pero en estos pasajes del Evangelio (Mateo 16:9-11, Marcos 8:19-21), mientras Jesús les recuerda a los discípulos la milagrosa alimentación de los 5,000 y de los 4,000, Él les pide a ellos y a nosotros a tomar nota de sus milagros progresivos y su importancia para nuestras vidas, hoy.

teniendo un corazón perfecto

¿Sabe usted que es posible caminar delante de Dios con un corazón perfecto? Si usted tiene hambre de Jesús, quizás ya está intentando, ya está deseando fervientemente, obedecer a este mandato del Señor.

 

Quiero alentarlo: Es posible. De otra manera, Dios no nos habría hecho tal llamado. Tener un corazón perfecto ha sido parte de vivir en fe, desde la época en que Dios habló por primera vez con Abraham: “Yo soy el Dios Todopoderoso; anda delante de mí y sé perfecto” (Génesis 17:1).

 

En el Antiguo Testamento vemos que algunos lo lograron. David, por ejemplo, determinó en su corazón obedecer el mandamiento de Dios de ser perfecto. Él dijo: “Entenderé el camino de la perfección…En la integridad de mi corazón andaré en medio de mi casa” (Salmos 101:2).

 

Para poder enfrentar la idea de perfección, primero debemos entender que la perfección no significa una vida sin pecado, intachable. No, la perfección a los ojos del Señor significa algo completamente diferente. Significa plenitud, madurez.

 

El significado en hebreo y en griego de la palabra perfección incluye: “rectitud, no tener mancha ni tacha, ser totalmente obediente”. Significa terminar lo que se ha empezado, lograr un desempeño completo. Juan Wesley definió este concepto de perfección como “obediencia constante”. Esto es, un corazón perfecto es un corazón sensible, un corazón que responde rápida y totalmente a los amores, susurros y advertencias del Señor. Tal corazón, dice en todo momento: “Habla, Señor, tu siervo oye. Muéstrame el camino y caminare en él”.

 

El corazón perfecto clama junto a David: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad” (Salmos 139:23-24).

 

Dios, de hecho, examina nuestros corazones; eso fue lo que le dijo a Jeremías: “Yo Jehová, que pruebo el corazón” (Jeremías 17:10). El significado, en hebreo de esta frase, es: “Yo penetro, examino profundamente”.

 

El corazón perfecto desea que el Espíritu Santo venga y examine lo más profundo, y alumbre en todas las áreas ocultas, para investigar, exponer y desenterrar todo lo que no es de Cristo. Aquéllos que esconden un pecado secreto, sin embargo, no quieren ser escudriñados, examinados ni probados.

 

El corazón perfecto anhela más que una seguridad o una cubierta por el pecado. Busca estar siempre en la presencia de Dios, habitar en comunión con Él. Comunión significa hablar con el Señor, compartir una dulce comunión con Él, buscar su rostro y conocer su presencia.

 

El Señor escudriña los corazones para redimir, no para condenar. Su propósito no es sorprendernos en pecado o condenarnos, sino más bien prepararnos para entrar como vasijas limpias y puras a su santa presencia. “¿Quién estará en su lugar santo? El limpio de manos y puro de corazón…El recibirá bendición de Jehová (Salmos 24:3-5)

el poder del perdón

Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? (Mateo 5:46).

 

El perdón no es un acto aislado, sino una forma de vida, que nos debe conducir hacia toda bendición en Cristo. “Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5:44-45).

 

De acuerdo a Jesús, el perdón no es un asunto de tomar o escoger alguien a quien perdonar. No podemos decir: “Me has herido tanto, así que no puedo perdonarte”. Cristo nos dice: “Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos?” (Mateo 5:46).

 

No interesa contra quién sea nuestra herida. Si nos agarramos de ella, nos guiará a una amargura que envenenará todo aspecto de nuestras vidas. La falta de perdón nos lleva a una hambruna y debilidad espiritual, una pérdida de la fe, afligiendo no sólo a nosotros, sino a todos los que nos rodean.
           
Durante los últimos cincuenta años de mi ministerio, he visto una terrible devastación en las vidas de aquéllos que guardan falta de perdón. Pero, también he visto el glorioso poder de un espíritu perdonador. El perdón transforma vidas, produciendo que las ventanas de los cielos se abran. Llena nuestras copas de bendición espiritual hasta que rebozan con paz abundante, gozo y descanso en el Espíritu Santo. La enseñanza de Jesús sobre este tema es muy específica, y si usted quiere moverse en este ámbito maravilloso de bendición, entonces oiga y reciba sus palabras.

 

“Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas” (Mateo 6:14-15). No se equivoque: Dios no está negociando con nosotros acá. Él no está diciendo: “Como tú has perdonado a los demás, entonces Yo te perdonaré”. Nunca podremos ganar el perdón de Dios. Sólo la sangre derramada de Cristo tiene el mérito de perdonar los pecados.

 

Más bien, Cristo está diciendo: “La confesión completa de pecados requiere que tú perdones a otros. Si retienes cualquier falta de perdón, entonces no has confesado todos tus pecados. El verdadero arrepentimiento significa confesar y olvidar todo rencor, crucificando todo rastro de amargura hacia otros. Cualquier cosa menor que ello, no es arrepentimiento”.

 

Esto va de la mano con su bienaventuranza: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzaran misericordia” (Mateo 5:7). Su punto: Perdona a otros, para que puedas moverte hacia las bendiciones y el gozo de ser un hijo. Dios podrá entonces, derramar las muestras de su amor. Y cuando usted perdona, usted revela la naturaleza del Padre al mundo.

la misma gloria!

“El que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él” (Juan 14:21). “Para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros…la gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad” (Juan 17:21-23, itálicas mías).

 

Échele otro vistazo a las itálicas en el versículo. Jesús está diciendo, en esencia: “La gloria que me diste, Padre, se la he dado a ellos”. Cristo hace una increíble declaración acá. Está diciendo que nos ha sido dada la misma gloria que el Padre le dio a Él. ¡Qué pensamiento tan impresionante! Pero, ¿cuál es esta gloria que fue dada a Cristo y cómo pueden nuestras vidas revelar dicha gloria? No se trata de un aura o una emoción; sino de ¡un acceso sin impedimentos al Padre Celestial!

 

Jesús nos dio un fácil acceso al Padre, abriéndonos una puerta por la Cruz: “Porque por medio de él [Cristo] los unos y los otros [nosotros y los que están fuera] tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre” (Efesios 2:18). La palabra “entrada” significa el derecho de entrar. Significa un pasaje libre y también fácil de acercarse: “En quien tenemos seguridad y acceso con confianza por medio de la fe en él” (Efesios 3:12).

 

¿Ve lo que Pablo dice? Por fe, hemos alcanzado un lugar de acceso ilimitado a Dios. No somos como Ester en el Antiguo Testamento. Ella tenía que esperar la señal del rey antes de poder acercarse al trono. Sólo después que el rey extendiera su cetro, es que Ester podía acercarse.

 

En contraste, usted y yo ya nos encontramos en la presencia del Rey. Y tenemos el derecho y el privilegio de hablar con Él en cualquier momento. De hecho, estamos invitados a hacerle cualquier petición: “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Hebreos 4:16).

 

Cuando Cristo ministró en la Tierra, Él no tenía que escabullirse hacia la oración para obtener la mente del Padre. Él dijo: “No puedo hacer nada por mí mismo, sino lo que veo hacer al Padre” (ver Juan 5:19). Hoy, el mismo grado de acceso al Padre que tenia Cristo, nos ha sido dado. Usted dirá: “Un momento, ¿yo tengo igual acceso al Padre que Jesús?”.

 

No se equivoque. Como Jesús, nosotros debemos orar con frecuencia y fervor, buscando a Dios, esperando en el Señor. No tenemos que escabullirnos para rogarle a Dios por fuerza y dirección, porque su mismo Espíritu vive en nosotros. Y el Espíritu Santo nos revela la mente y la voluntad del Padre.

peor que la desobediencia

PEOR QUE LA DESOBEDIENCIA!

Pero Jonás se disgustó en extremo, y se enojó. Así que oró a Jehová y le dijo: “Ah, Jehová!, ¿no es esto lo que yo decía cuando aún estaba en mi tierra? Por eso me apresuré a huir a Tarsis, porque yo sabía que tú eres un Dios clemente y piadoso, tardo en enojarte y de gran misericordia, que te arrepientes del mal.

Un santo, Henry Smith, observó en cierta ocasión: “¡El pecado justificado doble pecado es! ¡Cuánta verdad hay en esta declaración! No cabe duda que la desobediencia es detestable a nuestro Dios. A este pecado, sin embargo, se le agrega uno que es aún más despreciable; nuestra incurable tendencia a justificar nuestro pecado, ya sea delante de los hombres o delante del Señor mismo. ¿Ha notado cuántas veces los relatos de desobediencia van acompañados de esta lamentable tendencia? Adán, confrontado, dijo: “la mujer que me diste”. Eva, confrontada, dijo: “La serpiente me engañó”. Aarón, confrontado por hacer el becerro de oro, dijo: “Yo no hice nada, sino que tiré el oro al fuego y este becerro salió solo”. Saúl, confrontado por su desviación de la palabra, dijo: “No fui yo, sino el pueblo que estaba conmigo.

¡Cuántas veces usted y yo hemos hecho lo mismo! Piense en todas esas ocasiones que condenamos rotundamente en otros aquello que nosotros mismos también hacemos. En nuestro caso, no obstante, siempre tenemos una elaborada explicación para demostrar que, en realidad, nuestro pecado no es pecado; mas el pecado del otro sí lo es.

A pesar de todo esto, nuestros argumentos no convencen a Dios. El Señor no castigó a Adán por el pecado de Eva, ni a Eva por el pecado de la serpiente, ni al pueblo por el pecado de Aarón, ni a los israelitas por el pecado de Saúl. Cada uno recibió el justo y merecido pago por sus propios pecados. Así también será en su vida y la mía. Ante su trono nuestros argumentos serán como paja que se lleva el viento. “Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo. (2 Cor. 5.10)

Para pensar: Existe un camino más corto y sencillo para nuestras rebeliones. Es el de la humilde confesión que viene de un corazón contrito y quebrantado. Tal es la confesión del gran rey David, en el Salmo 51.3-4: “Porque yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de mi. Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos, para que seas reconocido justo en tu palabra, y tenido por puro en tu juicio”. Como líder usted tiene el desafío no solamente de andar en sencillez de corazón, sino también de darle ejemplo de esto a su pueblo. Qué su pueblo le pueda conocer como una persona que no tiene permanentes justificativos para lo que claramente no es justificable. Elija el camino de la confesión sin rodeos. ¡Le hará bien a usted, y también a los que están bajo su formación!

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