Para mí, ésta es la parte más difícil del perdón. Como cristianos, estamos dispuestos a ofrecer la gracia de nuestro Señor al mundo, pero a menudo somos mezquinos en ofrecérnosla a nosotros mismos.
Considere al Rey David, que cometió adulterio y luego asesinó al esposo para cubrir su ofensa. Cuando su pecado fue expuesto, David se arrepintió y el Señor envió al profeta Natán para decirle: “Tu pecado ha sido perdonado”. Aun así, aunque David sabía que había sido perdonado, había perdido su gozo. El oró: “Hazme oír gozo y alegría, y se recrearán los huesos que has abatido…Vuélveme el gozo de tu salvación, y espíritu noble me sustente” (Salmos 51:8,12)
¿Por qué estaba David tan perturbado? Este hombre había sido justificado delante del Señor, y tenía paz a través de la promesa de Dios del perdón. Sin embargo, es posible que sus pecados sean borrados del libro de Dios, mas no de su conciencia. David escribió este salmo porque él quería que su conciencia deje de estar condenándolo por sus pecados. Y David no podía perdonarse a sí mismo. El soportaba la pena de agarrarse de la falta de perdón, una falta de perdón dirigida hacia sí mismo, y eso equivale a la pérdida del gozo. El gozo del Señor viene hacia nosotros como un fruto por haber aceptado su perdón.
Me ha impactado grandemente la biografía de Hudson Taylor. El fue uno de los misioneros más efectivos en la historia, un piadoso hombre de oración que estableció iglesias a lo largo del vasto interior de China. Pero él ministró durante años sin gozo. Estaba abatido por sus luchas, agonizando por sus anhelos secretos y pensamientos de incredulidad.
En 1869 Taylor experimentó un cambio revolucionario. El pudo darse cuenta de que Cristo tenía todo lo que él necesitaba, sin embargo ni sus lágrimas, ni su arrepentimiento pudieron hacer que cayeran las bendiciones sobre él. Taylor reconoció que había sólo un camino hacia la plenitud de Cristo: a través de la fe. Toda promesa que Dios haya hecho al hombre, requería fe. Así que Taylor decidió avivar su fe, lamentablemente ese esfuerzo también fue en vano. Finalmente en la hora más oscura, el Espíritu Santo le dio una revelación: la fe no viene por el esfuerzo, sino por el descanso en las promesas de Dios. Ese es el secreto para recibir todas las bendiciones de Cristo.
Taylor se perdonó a sí mismo por los pecados que Cristo ya había dicho que fueron echados en el fondo del mar. Y porque descansó en las promesas de Dios, él pudo convertirse en un siervo gozoso, que continuamente echaba todas sus cargas al Señor.
Todos tenemos semillas de celos y envidia en nosotros. La pregunta es: ¿quién de entre nosotros lo va a reconocer? Un predicador puritano llamado Tomas Manton dijo acerca de la inclinación humana hacia los celos y la envidia: “Nacemos con este pecado adámico. Lo bebemos en la leche de nuestra madre. Está en lo más profundo de nosotros”. Tales semillas pecaminosas nos impiden regocijarnos en las bendiciones y logros de las obras o ministerios de otros. Su efecto es levantar muros poderosos entre nosotros y nuestros hermanos y hermanas. “Cruel es la ira, e impetuoso el furor; mas ¿quién podrá sostenerse delante de la envidia?” (Proverbios 27:4). Santiago añade a esto: “Pero si tenéis celos amargos y contención en vuestro corazón, no os jactéis, ni mintáis contra la verdad” (Santiago 3:14). En términos simples, el pecado de los celos y la envidia es un veneno amargo. Si nos agarramos de ello, no sólo nos costará nuestra autoridad espiritual sino que también nos dispondrá para la actividad demoniaca. El Rey Saúl nos da el ejemplo más claro que haya en toda la Escritura. En 1 Samuel 18, vemos a David volviendo de una batalla en la que mató a los filisteos. Mientras él y el Rey Saúl cabalgaban hacia Jerusalén, las mujeres de Israel se acercaban para celebrar las victorias de David, danzando y cantando: “Saúl mató a sus miles y David a sus diez miles”. Saúl se sintió herido por esta celebración de júbilo, y dijo para sí: “A David dieron diez miles, y a mí miles; no le falta más que el reino” (1 Samuel 18:8). Inmediatamente, Saúl estaba siendo consumido por un espíritu de celos y envidia. En el siguiente versículo, leemos el efecto mortal que esto tuvo en él: “Y desde aquel día Saúl no miró con buenos ojos a David (envidió)” (1 Sam 18:9). Trágicamente, después de esto, “Saúl fue enemigo de David todos los días” (1 Samuel 18:29). Saúl había sido absolutamente enceguecido por sus celos. No podía humillarse delante del Señor en arrepentimiento. De haber reconocido su propia envidia y haberla arrancado de su corazón, Dios habría coronado de favores a su siervo ungido. Pero Saúl no pudo tomar el último asiento. En lugar de ello, fue atraído por su espíritu envidioso al lugar más alto. Y lo que sucedió al día siguiente debiera llenarnos de temor santo: “Mas Saúl estaba temeroso de David, por cuanto Jehová estaba con él, y se había apartado de Saúl” (1 Sam 18:10-12).
Designó entonces a doce, para que estuvieran con él, para enviarlos a predicar, y que tuvieran autoridad para sanar enfermedades y para echar fuera demonios. Marcos 3.14-15
Este versículo nos da, en forma resumida, una clara idea de cuál era el plan que Cristo tenía en mente cuando escogió a sus doce discípulos. El camino a seguir incluía tres claros objetivos: 1) estar con él, 2) enviarlos a predicar, y 3) darles autoridad sobre los enfermos y los endemoniados.
Hay otros pasajes donde podría ser modificado el orden sin que se altere el producto final. Pero esta es una clara instancia de una secuencia en la que cada paso depende de la anterior. El orden establecido para esta estrategia no puede ser modificado. Podríamos sanar enfermos y expulsar demonios, pero tendría escaso valor si no fuera acompañada de la Palabra, que tiene un peso eterno. Asimismo, podríamos también agregarle la predicación de la Palabra a nuestro ministerio de sanidad, pero si no está sustentado por una relación de intimidad con el Hijo, no podríamos realmente señalar el camino hacia el conocimiento del Mesías.
Es aquí donde, como pastores, necesitamos ejercer gran cautela. La vorágine del ministerio con frecuencia lleva a que estos factores se inviertan, de manera que nos encontremos atrapados en gran cantidad de actividades que tienen la apariencia de devoción, pero que nos han robado lo más precioso, que es nuestra relación con el Señor.
Cuando me encuentro con pastores, siempre busco la oportunidad de preguntarles cómo andan en su vida espiritual. Es fácil tomar por sentado que si estamos en el ministerio entonces, lógicamente, estaremos disfrutando de intimidad con el gran Pastor. La realidad, lamentablemente, es otra. Muchas veces encuentro que los pastores han perdido su pasión por Aquel a quien están sirviendo con tanta devoción.
El evangelio de Mateo nos presenta una escena escalofriante. Algunos que pretenden justificar su falta de relación, señalando las muchas obras que han realizado, dirán en el día del juicio: “Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre y en tu nombre echamos fuera demonios y en tu nombre hicimos muchos milagros?”. El Hijo del Hombre les responde con esta lapidaria frase: “Nunca os conocí. ¡Apartaos de mí, hacedores de maldad!! Mateo 7.22-23. Note usted que Jesús les llama “hacedores de maldad”. Es muy fuerte! No deja lugar a dudas que toda obra divorciada de una relación con el Señor, aun cuando sea obra para él, es obra mala.
¿Ha perdido usted la disciplina de pasar tiempo con él, buscando su rostro y su compañía? ¿Lo han vencido las constantes demandas para hacer cosas en la iglesia? ¿Se le ha enfriado un poco la relación con el Señor? ¿Por qué no aprovecha este día para volver a poner las cosas en su lugar? ¡Acérquese con confianza y renueve esa relación que tanto bien le hace! El Señor lo ha estado esperando.
PARA PENSAR: Alguien ha observado alguna vez que estar ocupado en los negocios del Rey, no es excusa para olvidarse del Rey. Si usted está tan ocupado que no le queda tiempo para estar con su Pastor, está más ocupado de lo que él quiere.
(Christopher Shaw)
“Por Jehová son ordenados los pasos del hombre” (Salmos 37:23). La palabra hebrea “ordenados” en este versículo significa “fijados o pre planeados”. Dios no trabaja con una agenda diaria. Él no planea nuestro camino por día, semana o por año adelantado. No, Él tiene un plan entero de vida para cada creyente. En el momento que somos salvos, ese plan entra en operación.
¿Cuál es este camino pre planeado? Jesús respondió muy simplemente: “Yo soy el camino” (Juan 14:6, itálicas mías). Cristo mismo es el camino a la gloria y a la vida eterna. Él nos guía hacia nuestro destino final. Y nuestro camino termina en sus brazos, en el cielo. El libro de Hebreos nos dice que Jesús está “llevando muchos hijos a la gloria” (Hebreos 2:10).
Sin embargo, lo que no podemos saber es la ruta específica que Jesús va a tomar para llevarnos allí. Ninguno de nosotros puede estar seguro de cómo se verá el resto de nuestro viaje. El camino es conocido sólo para Dios. Tome mi propia vida, por ejemplo. He estado en la ruta hacia la gloria por más de setenta años. En el camino, Dios me ha dado ciertas metas, algunos sueños y algunas visiones, las cuales he seguido. Pero el Señor nunca me ha delineado todo el camino. De hecho, después de todos estos años, no estoy seguro a dónde me llevará mañana el camino.
Cuando Jacob era anciano, le describió su viejo camino a Faraón: “Los días de los años de mi peregrinación son ciento treinta años; pocos y malos han sido los días de los años de mi vida” (Génesis 47:9). La palabra hebrea “malos” aquí significa calamidades, aflicciones, dolores, problemas, adversidades.
Me puedo identificar con Jacob. Hay ciertos periodos de mi propio peregrinaje que no quisiera volver a vivir. Por supuesto, alabo a Dios por todas las bendiciones y milagros que Él ha obrado a favor mío. Estoy agradecido por la fe que Él ha edificado en mí a través de los años. Pero si tuviera que volver a vivir mi vida, me gustaría saber de antemano que todo va a salir bien. Sin embargo así no es como Dios obra. El camino del creyente es un camino de fe.
La siguiente palabra es para aquéllos que necesitan una respuesta a la oración, que necesitan ayuda en tiempo de problemas, que están dispuestos y deseosos de mover el corazón de Dios de acuerdo a su Palabra.
Primero, agárrese de su promesa de pacto en Salmos 46:1: “Dios es nuestro amparo y fortaleza. Nuestro pronto auxilio en las tribulaciones.” La frase pronto significa “siempre disponible, inmediato”. La fe debe descansar en la seguridad de que el Espíritu de Dios esta morando en la vida de usted en toda hora del día y de la noche, continuamente. Y porque Él hizo una habitación en usted, Él escucha su pensamiento y su clamor en oración. Sabemos que si nos oye, Él concederá nuestras peticiones. El Espíritu Santo moverá cielos y tierra por cualquier hijo de Dios que toma tiempo para derramar su corazón al Padre con un tiempo sin prisa en su presencia.
Después, lea y crea Salmos 62:5-7. Esta es la oración de David que tocó el corazón de Dios. David dijo: “En Dios solamente reposa”. No espere ayuda de otra fuente. Sólo Él debe de ser su fuente, su única esperanza y defensa. Sólo Él puede suplirle con la fortaleza para seguir avanzando hasta que venga la respuesta.
Cuando usted llega a ser totalmente y solamente dependiente del Señor, cuando deja de mirar al hombre para que le ayude, y confía en Dios para lo sobrenatural, nada podrá sacudirlo. Nada podrá sumergirlo en los pozos de desesperación. David declaró, “No resbalaré” (Salmo 62:6).
Ahora viene el corazón de todo, el secreto de la oración prevaleciente que cada santo a través de la historia ha aprendido: EL DERRAMAR EL CORAZON DELANTE DEL SEÑOR. (Salmo 62:8). Dios le oirá y responderá cuando vea que usted está dispuesto a poner a un lado toda distracción por un tiempo, clamar de corazón, derramarlo delante de Él, y confiar que Él responderá.
En Lucas 14, cierto principal de los fariseos, invito a Jesús a “comer pan” en su casa. Asimismo, otros fariseos también habían sido invitados, hombres que, como el anfitrión, eran celosos guardadores de la ley.
Cuando el dueño de casa llamo a sus invitados a sentarse, hubo un repentino tumulto en los lugares principales de la cabecera de la mesa. La Escritura nos dice que Jesús estaba “observando cómo escogían los primeros asientos” (Lucas 14:7). Fue un reluciente despliegue de orgullo, una necesidad de ser vistos y reconocidos.
Cuando Cristo mismo se sentó a comer, dio estas palabras de represión a toda una habitación llena de los líderes religiosos más altos de Israel: “Cuando fueres convidado (invitado) por alguno…no te sientes en el primer lugar, no sea que otro más distinguido que ti esté convidado por él, y viniendo el que te convidó a ti y a él, te diga: Da lugar a éste; y entonces comiences con vergüenza a ocupar el último lugar”
“Mas cuando fueres convidado, ve y siéntate en el último lugar, para que cuando venga el que te convidó, te diga: Amigo, sube más arriba; entonces tendrás gloria delante de los que se sientan contigo a la mesa. Porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla, será enaltecido” (Lucas 14:8-11, itálicas mías).
Las palabras de Cristo en esta escena, se aplican a todos sus seguidores. Sin embargo, al considerar su audiencia en la casa de ese fariseo, sus palabras describían un tipo particular de líder: aquel que “aman las salutaciones en las plazas, y las primeras sillas en las sinagogas, y los primeros asientos en las cenas…y por pretexto hacen largas oraciones” (Lucas 20:46-47).
En resumen, Jesús nos dice que hay hombres y mujeres que hacen buenas obras solo para ser vistos por los demás. Estas personas aman el ser el centro de atención y constantemente llaman la atención a sí mismos con bombos y platillos. Esto es aplicable a ministros, pero también a todo hijo de Dios.
Jesús dijo: “Siéntate en el último lugar”. ¿Qué significa exactamente esta declaración? Debemos tomar muy seriamente esta palabra del Señor en particular. Él nos está invitando, a todos nosotros, a “subir más arriba”, al lugar de honor justo. Este llamado de “subir más arriba” es un llamado a entrar en la plenitud del toque de Dios. Es un llamado a tener una mayor intimidad y a ser los portavoces del Señor, portavoces más convincentes, seguros y justos.
“Soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros” (Colosenses 3:13, itálicas mías).
Soportar y perdonar son dos asuntos diferentes. Soportar significa cesar toda acción y pensamiento de revancha. Quiere decir, en otras palabras: “No hagas justicia por tus propias manos. Por el contrario, soporta tu dolor. Deja el asunto a un lado y no lo vuelvas tomar”.
Note que soportar no es solamente un concepto del Nuevo Testamento. Los Proverbios nos dicen: “No digas: Como me hizo, así le haré; daré el pago al hombre según su obra” (Proverbios 24:29). Se nos da un ejemplo poderoso de esta amonestación en la vida de David. El estaba furioso con deseos de venganza contra un hombre malvado llamado Nabal, porque Nabal no quiso ayudarlo cuando David lo necesitaba. David juró vengarse, pero obedeció el consejo de Dios: “No hagas venganza…deja que el Señor pelee tu batalla”. La situación se resolvió justo a tiempo y David alabó a Dios por su intervención. (Ver 1 Samuel para conocer la historia completa).
David tuvo otra oportunidad de una fácil venganza, cuando halló a su perseguidor, Saúl, dormido en una cueva, en la que David mismo se estaba escondiendo. Los hombres de David lo presionaban diciéndole: “Es voluntad de Dios. Él ha entregado a tu enemigo en tu mano. Mátalo ya y véngate”. Pero David se resistió, y más bien cortó un pedazo del manto de Saúl, para poder demostrar luego, que él pudo haberlo matado. Estas acciones sabias son las formas en las que Dios avergüenza a nuestros enemigos, y ése fue el caso cuando David le mostró a Saúl el pedazo de tela. Saúl respondió: “Más justo eres tú que yo, que me has pagado con bien, habiéndote yo pagado con mal” (1 Samuel 24:17).
Ahora entramos a perdonar, lo cual abarca otros dos mandamientos: (1) Amar a nuestros enemigos y (2) Orar por ellos. “Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen” (Mateo 5:44).
Un viejo y sabio predicador dijo: “Si puedes orar por tus enemigos, puedes hacer todo lo demás”. Yo me he dado cuenta de que esto es verdad en mi propia vida.
Jesús nunca dijo que perdonar sería fácil. Cuando ordenó: “Amad a vuestros enemigos”, la palabra griega “amar” no significa “afecto” sino “entendimiento moral”. Dicho de una forma simple, perdonar a alguien no tiene nada que ver con levantar emociones, sino más bien se trata de tomar una decisión moral para quitar el odio de nuestros corazones.
Ser semejantes a Cristo quiere decir reconocer a Jesús en otros. En mis viajes he conocido muchos hombres y mujeres preciosos, quienes, yo sé, están completamente entregados al Señor. En el momento en que los conozco, mi corazón salta. Aunque nunca antes nos hayamos conocido, tengo el testimonio del Espíritu Santo que ellos están llenos de Cristo.
Aun puedo ver algunos de esos rostros: pastores, obispos, evangelistas pobres de las calles. Y en el momento en que los conozco, me doy cuenta sin que se haya dicho ni una sola palabra: “Este hombre ha estado con Jesús. Esta mujer ha satisfecho a Cristo”. Al saludarlos, siempre digo aquéllo que quisiera que otros me digan: “Hermano, hermana, puedo ver a Jesús en ti”.
La semejanza a Cristo tiene que ver con la manera en la que trato a los que no son mi familia, amándolos como El nos ama. También quiere decir amar a nuestros enemigos, a aquéllos que nos aborrecen, que nos utilizan humillándonos, que no son capaces de amarnos. Y debemos hacerlo, sin esperar nada a cambio. Este tipo de amor, es imposible, en términos humanos. No existen libros que nos enseñen cómo hacerlo, ni tampoco un patrón de principios o algún tipo de inteligencia humana que nos instruya a amar a nuestros enemigos como Cristo nos amó. Sin embargo se nos ordena hacerlo. Y debemos hacerlo con un propósito creciente.
Así que, ¿cómo lo hacemos? ¿Cómo puedo amar al musulmán que me escupió en la cara a una cuadra de nuestra iglesia? ¿Cómo puedo amar a los homosexuales que desfilan por la Quinta Avenida llevando pancartas que dicen: “Jesús Era Gay”? ¿Cómo puedo de verdad amarlos en Cristo? Ni siquiera sé cómo amar a otros cristianos en mis propias fuerzas.
Tiene que ser la obra del Espíritu Santo. Jesús oró al Padre: “Para que el amor con que me has amado, esté en ellos, y yo en ellos” (Juan 17:26). Cristo le pide al Padre que ponga Su amor en nosotros. Y nos promete que el Espíritu Santo nos mostrara cómo vivir en ese amor.
El Espíritu Santo juntará fielmente todas las formas en las que Cristo amó a otros y nos las mostrará (Juan 16:15). De hecho, el Espíritu se deleita en enseñarnos más acerca de Jesús. Esa es la razón por la que Él mora en nuestros templos corporales: para enseñarnos a Cristo. “vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros… él os enseñará todas las cosas” (Juan 14:17,26).
El mandamiento de Jesús en Juan 15:6 tiene que ver con la forma en la que trato a mi esposa y a mis hijos. Para los solteros, tiene que ver con la forma en la que tratan a sus compañeros, hermanos en Cristo, las personas más cercanas.
No hay escapatoria. Si yo voy a ser el hombre y el ministro que Dios me ha llamado a ser, entonces mi esposa debe estar en la capacidad de decir con honestidad delante de los cielos, del infierno y de todo el mundo: “Mi esposo me ama con el amor de Cristo. El comete errores, pero está siendo cada vez más paciente y comprensivo conmigo. Está siendo cada vez más tierno y cuidadoso. Y él ora conmigo. No es sólo una apariencia. El es lo que predica”.
Pero si ése no es el testimonio de mi esposa, si ella tiene un dolor secreto en su corazón, y piensa: “Mi esposo no es el hombre de Dios que pretende ser”, entonces todo lo que hay en mi vida es en vano. Todas mis obras, la predicación, los logros, mi generosidad caritativa, los muchos viajes, suman cero. Vengo a ser una rama marchita, inútil, que no lleva el fruto de la semejanza de Cristo. Jesús va a producir que otros vean la muerte en mí, y valdré muy poco en su reino.
Un pastor de edad mediana con su esposa vinieron a verme, quebrantados y llorando. El ministro me dijo entre las lágrimas: “Hermano David, he pecado contra Dios y contra mi esposa. He cometido adulterio”. El sacudía la cabeza con un dolor piadoso a medida que me confesaba su pecado. Luego su esposa volteó hacia mí y me dijo suavemente: “Yo lo he perdonado. Su arrepentimiento es real para mí y estoy segura de que el Señor nos va a restaurar”.
Tuve el privilegio de ser testigo de una hermosa sanidad. Nunca podremos pagar por nuestros fracasos del pasado. Pero cuando hay un verdadero arrepentimiento, Dios promete restaurar todo lo se comió la oruga.
Yo deseo que toda pareja que disfruta de un matrimonio centrado en Cristo se levante y diga la verdad: “No es fácil”. El matrimonio es un esfuerzo de día a día, tal como lo es la vida cristiana. Como el camino a la Cruz, significa rendir sus derechos diariamente. Por supuesto, Satanás conoce que usted ha decidido en su corazón ser más como Cristo en su hogar, así que traerá pruebas constantemente.
No hay ninguna escuela tan difícil e intensiva como la escuela del matrimonio. Y uno nunca se gradúa. Dios es claro al respecto: Nuestra vida con nuestros seres queridos es el pináculo, la misma cumbre de todas nuestras pruebas. Si nos equivocamos en ella, estaremos equivocados en todo lo demás en nuestra vida.
Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios. 2 Cor. 1.3-4
No es una simple coincidencia que Pablo abra esta carta con la declaración que hoy leemos. Más que ningún otro de sus escritos, la segunda carta a los Corintios contiene un detalle escalofriante de las tribulaciones por las cuales había transitado el apóstol. En el capitulo 11, una lista de estas experiencias incluye trabajos, cárceles, azotes, varas, naufragios, fatigas, hambre, sed, frío y desnudez. ¿Cómo no iba a hablar con autoridad sobre el tema del consuelo?
En estos versículos menciona al menos dos cosas que son importantes para nosotros. En primer lugar, dice que Dios es Padre de misericordia y de toda consolación. Estas dos características de su persona ponen en relieve la bondad de su corazón. Si bien él ama a todos por igual, pareciera verdad que tiene especial compasión por los que están en situaciones de angustia, injusticia, opresión o abandono. No pocas veces en el Antiguo Testamento se lo describe como el Dios de los “quebrantados de corazón” Salmos 147.3. En forma sobrenatural, ministra a los que están en crisis y venda sus heridas para que sean restaurados. Así lo ha hecho con incontables otros santos a lo largo de la historia, visitándolos en su momento de angustia y trayendo sobre ellos una manifestación poderosa de su gracia.
En segundo lugar, Pablo afirma que él puede consolar a otros con esta misma consolación. Es en esta declaración que quiero que usted se detenga por un momento. Seguramente, en su ministerio le tocará, en más de una ocasión, estar con personas que están pasando por momentos de profunda crisis personal. En más de una ocasión usted también habrá transitado por ese mismo camino. Tome nota que el apóstol dice que él consolaba con el consuelo con que había sido consolado.
En situaciones de crisis, abundan las personas que se acercan para dar consuelo, pero no consuelo divino. Sus intentos de ayudar incluyen recitar versículos, contar sus propias experiencias, o tratar de espiritualizar la prueba por la cual está pasando la otra persona. Nada de esto ayuda y, en no pocas ocasiones, solamente produce irritación. Los resultados proclaman cuán limitados son los esfuerzos de la carne por producir obras espirituales.
El consuelo que sana, es el que nace en la obra sobrenatural de Dios. Para practicarlo, usted primeramente tiene que haberlo experimentado. No es suficiente que usted también haya pasado por pruebas. Esto no lo capacita a usted para consolar. Pero si ha sido consolado por el Señor mismo, conoce de primera mano la tierna bondad de Cristo. Al acercarse a otro que está atribulado, lo hará con la misma sensibilidad, con la misma ternura, y con el mismo cuidado.
Para pensar: A decir verdad, solamente podrá reproducir este tipo de consuelo si va de la mano del que lo ha consolado a usted, Dios mismo. No se apresure a hablar lo primero que se le venga ala cabeza. Permita que el Señor lo guíe, y lo haga partícipe de un momento de sanidad sobrenatural.