PERDIDOS EN EL DESIERTO (Wells, Michael)
Si existiese solo una cosa que la lectura de este libro pudiera dejarle, ¿qué le gustaría que fuese? ¿Qué es lo que usted necesita? Supongo que su respuesta podría incluir algo así como amor; y el ver satisfecha esa profunda soledad que a menudo siente, con la alegría de ser amado y aceptado; y también una cierta medida de seguridad a la vez que algo en qué confiar. Nuestras necesidades son, básicamente, necesidades espirituales que Dios, y solamente Dios, puede satisfacer. Si, no obstante, usted es un creyente incrédulo, entonces no ha llegado a permitir que sea Dios quien satisfaga sus necesidades más profundas.
¿Dónde ha recurrido usted para la satisfacción de estas necesidades? ¿Cómo le hace frente usted al mundo circundante? ¿Qué hace cuando está sumido enel desconcierto, el desaliento, o cuando el fracaso y la derrota se ciernen como una niebla espesa que oculta toda alternativa? ¿A quién o a qué recurre usted cuando la presión resulta insoportable? ¿Donde encuentra usted consuelo?
Otro interrogante que quizá usted al igual que muchos otros se ha plnateado, se relaciona con la manera de existir en un mundo donde Dios parece ser relevante únicamente para lo futuro (es decir, para no ir al infierno), pero donde el presente “se maneja con realidades”. ¿Cómo vivir en un medio humano ferozmente competitivo?
Examinemos algunos de los recursos empleados en estas circunstancias -mecanismos de supervivencia - y la manera en que se desarrollan…
–este es un extenso material que sinceramente creemos vale la pena tenerlo en cuenta: COMO SE DESARROLLAN LOS IDOLOS, LO VARIADO DE LOS ÍDOLOS, EL FRACASO DE NUESTROS ÍDOLOS, COMO DESPOJARNOS DE NUESTROS ÍDOLOS, CUANDO NUESTRO CONCEPTO DE DIOS ES UN OBSTÁCULO.
muy pronto, en uno o dos meses el hermano Wells estará visitando Uruguay. Será bueno poder ir y escucharle, incluso conseguir este libro de su autoría. Pero si lees este artículo, tarde…, podrás encontrar información en su página: www.abidinglife.com
No trate de disimular sus debilidades. No busque esconderlas, ni pierda el tiempo justificándolas. Cuando usted las tapa o esconde, buscando hacerse fuerte, Cristo pierde poder en su vida. Hágase amigo de sus debilidades. Ellas son la puerta para que toda la plenitud de Dios se manifieste en su vida.
2 Corintios 12.9 Y él me ha dicho: te basta mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, muy gustosamente me gloriaré en mis debilidades, para que el poder de Cristo more en mí.
Existe una tendencia universal en el ser humano a esconder sus debilidades. Estamos tristes, pero ponemos cara de alegría. Deseamos llorar, pero contenemos nuestras lágrimas. Nos sentimos abrumados, pero aparentamos estar en control. Luchamos con la depresión, pero buscamos convencer a los demás de nuestro buen ánimo.
Todo esto no hace más que revelar con gran claridad la inmensa importancia que le damos, como seres humanos, a la imagen que otros tienen de nosotros. Deseamos que nos vean como triunfadores, como personas que caminan con paso firme hacia objetivos claramente definidos en sus vidas. Por esta razón nos resistimos, a toda costa, a revelar esas cosas que muestran nuestra verdadera condición de seres frágiles y débiles.
Pablo declara que gustosamente se gloriará en sus debilidades. ¿Se detuvo alguna vez a pensar en lo alocado de semejante declaración? No solamente no hará ningún esfuerzo por esconder sus debilidades, ¡sino que se gloriará en ellas! Lejos de producirle vergüenza, las mostrará como las verdaderas marcas de su dependencia absoluta de Cristo. Francamente, nos resulta incomprensible la actitud del apóstol. No podemos, sin embargo, dejar de sentir en lo secreto de nuestros corazones una admiración profunda por su estilo de liderazgo.
Recorra por un momento la historia del pueblo de Dios. ¿Puede pensar en alguna persona que alguna vez fue utilizada por sus fuerzas y virtudes? Abraham era un anciano incapaz de producir hijos. José era un esclavo olvidado en la cárcel. Moisés era un pastor de ovejas tartamudo. Gedeón era el menor de su casa y además, pobre. David era un simple pastor de ovejas. Nehemías no era más que el copero del rey. Jeremías era joven e inexperto. Juan el Bautista era un desconocido que moraba en el desierto. Los discípulos eran simples pescadores, hombres sin letras ni preparación alguna. A Pablo, el fogoso perseguidor de la iglesia, deliberadamente lo debilitó el Señor, enviando una espina en la carne que lo atormentaba.
¡Y estos son simplemente los héroes de las Escrituras! ¿Qué diremos de figuras como Agustín, Lutero, Wesley, Hudson, Taylor, Moody, Spurgeon, o tantas otras figuras que marcaron profundamente la historia del pueblo de Dios? Todos ellos, sin excepción, fueron útiles porque permitieron que sus debilidades fueran el medio por el cual Dios expresó su gloria.
alguien alguna vez observó: ” Todos quieren ser algo en la vida; pero nadie quiere crecer”. ¿Qué pasos está tomando para entender mejor los misterios de la vida espiritual?. ¿Cómo “practica” para que sus sentidos estén ejercitados para discernir entre el bien y el mal?
1 Samuel 3: 6-7 Jehová volvió a llamar a Samuel. Se levantó Samuel, vino adonde estaba Elí y le dijo: Heme aquí; ¿para qué me has llamado?. Hijo mio, yo no he llamado; vuelve y acuéstate le respondió Elí. Samuel no había conocido aún a Jehová, ni la palabra de Jehová le había sido revelada.
Hay dos observaciones interesantes que se desprenden de este incidente en la vida del joven Samuel. En primer lugar, podemos afirmar que la voz con la cual Dios le habló al niño era tan parecida a la voz de Elí, que él llegó a confundirlas. ¡Solamente en las películas Dios habla con acento de España, y su voz retumba y resuena por los aires! En la vida real, las maneras en que Dios nos habla son fácilmente confundibles con las voces de otros, o aun con nuestras propias voces.
En segundo lugar, debemos detenernos un momento en la frase “Samuel no había conocido aún a Jehová, ni la palabra de Jehová le había sido revelada”. Lo que vemos aquí es la descripción de un novato, una persona que estaba iniciando el proceso de aprendizaje que eventualmente lo convertiría en el gran profeta y juez de Israel.
Entender esto es importante. Hay un sentir en el pueblo de Dios de que la espiritualidad es algo que se hereda, o que se puede adquirir por la imposición de manos. Muchos creyentes andan de reunión en reunión buscando ese “toque” especial o esa “unción” que les convertirá automáticamente en grandes varones o mujeres de Dios. Se han convencido que la grandeza de las ilustres figuras en la historia del pueblo de Dios tenía que ver con alguna visitación especial hacia sus personas, o la posesión de algún don extraordinario que los apartaba de otros seres normales como nosotros.
La verdad es que la vida espiritual es algo que se cultiva por medio de un proceso disciplinado. Al igual que en el desarrollo del cuerpo físico, mucho del crecimiento espiritual que ocurre en nuestra vida depende de elementros que realmente no controlamos. A veces, ni siquiera entendemos las misteriosas operaciones que resultan en la transformación de nuestro corazón. Lo que sí es claro, es que hemos sido llamados a caminar en fidelidad con nuestro Dios y debemos permitir que él nos vaya conduciendo hacia la madurez.
En este sentido, no hay grandes saltos, ni avances repentinos. Ocasionalmente experimentamos visitaciones extraordinarias de su presencia, pero el crecimiento espiritual normal en nuestras vidas es producto de un proceso lento y pausado. A esto se refería el autor de Hebreos cuando escribía: “el alimento sólido es para los que han alcanzado madurez, para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal” (Heb. 5.14). Tome nota de la frase “por el uso”. Otras versiones lo traducen “por la práctica”. Sea cual sea la traducción, todas apuntan a un proceso de aprendizaje que incluye aun el equivocarse, como lo hizo el joven Samuel.
Le quedan cinco meses de vida, fue el doloroso pronóstico que le dio el Dr. Browning al joven Carlos.
Esas palabras pasaban repetidas veces de día y de noche por la mente de Carlos. Su vida no duraría más que cinco hojas del calendario, y luego el abismo, el porvenir desconocido. Nunca había pensado seriamente en la muerte ni en la eternidad. Habia sido un joven fuerte y sano. Habia llegado a ser el mejor jugador de fútbol de su equipo, y también ocupaba el primer lugar en la competencia de ciclismo… y ahora esa enfermedad incurable que lo consumía rápidamente según el dictamen médico. Ahora se encontraba ante la muerte. Carlos sentía que se le helaba la sangre ante una perspectiva tan sombría. Cinco meses que volaría, y después… la muerte.
Un día llegó a visitarlo su íntimo amigo, Melvin. Carlos le contó lo que le estaba ocurriendo y luego le preguntó con tono de profunda angustia:
-¿qué hago? ¿qué debo hacer?
Melvin era un buen amigo, pero ante la situación desesperante de Carlos, sólo pudo decir con muy poco ánimo:
-bueno, quítate ese pensamiento de la mente y no te preocupes más. Permanecieron un rato en silencio, y luego Melvin exclamó con entusiasmo:
-¡ya sé qué haremos! Y aproximando su silla a la cama del enfermo, agregó - Con esto nos vamos a entretener. Yo seré tu secretario. La personalidad impulsiva y alegre de Melvin hizo que Carlos sonriera y escuchara con interés la propuesta de su amigo -. Lo único que tienes que hacer es poner un anuncio en el periódico. Pídeles a los lectores que te escriban y te digan qué harían ellos si se enteraran que les quedan sólo cinco meses de vida.
Tres días después, Linda Moore, una señorita cristiana, leía el siguiente anuncio puesto por Carlos Bryant: “soy un joven de 23 años. Me quedan sólo cinco meses de vida. ¿Podrían darme algunas sugerencias acerca de la mejor manera de aprovechar este tiempo?.
Linda buscó un librito del Evangelio según San Juan. Buscó el capítulo 3 y el versículo 16 y lo subrayó con rojo: “porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda mas tenga vida eterna”.
Luego, sentándose frente a su máquina de escribir, redactó lo siguiente: “Quiero informar al señor Bryant, cuál es su necesidad más urgente”. Escribió durante largo rato. En la carta le habló del gran amor de Jesús y la infinita compasión que lo condujo a vivir en este mundo entre los pecadores. Le habló acerca de la muerte que Jesús sufrió en la curz del Calvario por nosotros… y por Caros. Le contó de la gloriosa resurrección de Jesucristo. Le explicó lo que Jesús habia hecho por el ser humano y que así pagó el precio de nuestra salvación. Le dijo que lo único que tenía que hacer era arrepentirse de sus pecados, y abandonarlos para luego seguir a Cristo. “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28) Con estas palabras de invitación de Jesús, concluyó la carta. La puso en un sobre junto con el librito de San Juan y la envió mientras elevaba a Dios una ferviente oración, pidiéndole que influyera en la mente y la voluntad de Carlos de tal manera que se decidiera a recibir a Cristo como su Salvador.
Las sugerencias empezaron a llegar. El primer día llegaron dos cartas, el siguiente, tres: luego diez, veinte y hasta cincuenta en un solo día. Melvin cumplió con su promesa. Todos los días visitaba a Carlos en el hospital y hacía las veces de su secretario. Abría todas las cartas y seleccionaba las más interesantes para leérselas a su amigo, ya que la debilidad de éste no le permitía leer tantas cartas por si mismo.
Una carta había cruzado el océano para recomendarle unas hierbas milagrosas. Una anciana le aconsejó que repasara mentalmente su vida y se detuviera a meditar en lo bueno y bello que había hecho. Un hombre le aconsejó que mientras tuviera vida, siguiera el consejo del viejo Epicuro: “Come, bebe y sé feliz”.
Todas las cartas eran interesantes. Algunas contenían humor y otras compasión. Pero ninguna contenía la ayuda verdadera para aquel joven que agonizaba.
-Aquí veo un sobre con una letra muy bonita… ha de ser de una mujer maliciosa - comentó Melvin, con aire de burla mientras abría el sobre y aspiraba un leve aroma que desprendía el papel. Además de la carta extrajo un librito -. Esta señorita envia su sugerencia en forma de libro. Es una parte de la Biblia, Carlos. Es la primera carta que recibimos que contenga consejos de índole religioso. Veamos qué dice.
Melvin comenzó a leer la carta en voz baja. Carlos notó que el rostro de su amigo acusaba seriedad, interés y preocupación a medida que avanzaba con la lectura. Las palabras le hacían una buena impresión, especialmente la descripción que la señorita hacía de un maravilloso Salvador.
-Carlos- dijo al terminar la carta - creo que esta señorita tiene algo que enseñarnos. Escucha. -Luego Melvin leyó toda la carta en voz alta - ¿Qué harás con estos consejos?
Un profundo silencio se prolongó en la habitación, interrumpido sólo por el débil tic tac del reloj. Finalmente Carlos dijo: - Melvin, esa señorita Linda tiene razón. Yo ya había escuchado algo de eso antes, y ahora con esa explicación tan clara, lo entiendo todo muy bien. ¿Lo entiendes tu?.
-Si - respondió Melvin- lo entiendo muy bien y creo, Carlos, que lo que debemos hacer ahora mismo es acudir a Cristo. Debemos pedirle que sea nuestro Salvador, que nos perdone nuestros pecados, y que nos acepte como hijos de Dios.
Después de leer el librito de San Juan y hablar un rato más, estos dos jóvenes, uno fuerte y el otro ya debilitado, entregaron el corazón y la vida a Jesucristo el Salvador.
Tres meses y medio después, Melvin y Linda acompañaban el cortejo que conducía al cementerio los restos de aquel joven que sólo seis meses antes habia sido un destacado deportista. Su alma había pasado a la eternidad.
Melvin comentaba después sobre el maravilloso cambio que se había observado en Carlos desde aquel día en que recibió a Cristo. ¡Qué meses tan radiantes! Mientras aquel cuerpo era consumido por la enfermedad, el espíritu se fortalecía. Carlos pasó a la eternidad con una sonrisa. Aunque su vida aquí en la tierra había acabado, apenas había empezado su vida en el cielo con Cristo para toda la eternidad.