Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidadndo de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey. 1 Pedro 5.2-3
Permítame volver al sentido básico del término “corrupto”, que se refiere a algo que ha perdido la pureza de su estado original. En este entido, el texto de la primera carta de Pedro identifica claramente las formas en que el llamado de un pastor puede llegar a adulterarse. Esto ocurre cuando se adopta un estilo de liderazgo que es completamente contrario a los principios ejemplificados por Jesús, el modelo sin igual de lo que significa ser pastor.
Pedro anima a que el trabajo del pastor sea el de apacentar el rebaño, una tarea que debe ser llevada a cabo con ternura y en forma voluntaria. Es decir, ningún pastor debe sentir que está realizando la obra por obligación, sino que la hace pura y exclusivamente por convicción personal, nacida de un llamado celestial. El que pastorea por obligación cumple con las tareas que le corresponden, pero deja de lado su corazón, porque no tiene convicción en lo que hace. Cuando esto ocurre, el pastoreo se convierte en un trabajo en el cual el objetivo es simplemente cumplir con las obligaciones.
Resulta igualmente nocivo para quienes sirven por el beneficio que pueden sacar para su propia vida. Aunque Pedro habla del beneficio económico, no queremos limitarnos a este aspecto porque el pastoreo se presta para construir una reputación, ganarse el afecto de ls personas o acceder a ciertos privilegios asociados con esta función. Todo esto distrae al siervo de su función esencial, que es velar por los intereses de aquellos que le han sido confiados.
Pedro también advierte contra un flagelo de nuestro tiempo: los pastores que se enseñorean de sus congregaciones. Estos son los que creen que las ovejas les pertenecen a ellos y que estas no pueden hacer nada sin antes recibir la debida autorización del pastor. Este modelo se desvía claramente del pastor conocido en Israel, una persona que rara vez cuidaba sus propias ovejas. Más bien, trabajaba para otro que, precisamente por su buena posición económica, podia darse el lujo de contratar a alguien que hicier este trabajo por él. Del mismo modo, el pastor que trabaja en el reino no es dueño de la vida de los que pastorea, sino que los cuida y nutre para Aquel que los ha comprado con su propia sangre. No sueña, ni por un instante, ubicarse en la postura de “señor”, un título que ha sido reservado solamente para el Hijo de Dios. Por esto, su pastoreo se caracteriza por un estilo lleno de gracia y misericordia, sabiendo que cada persona tiene la misma libertad para moverse que el Padre celestial le ha concedido. El ama profundamente a cada ser humano pero no se impone sobre nadie. La necesidad de controlar y restringir la libertad de las personas es la más clara manifestación de un amor mezquino y lleno de temores.
para pensar: el deber nos lleva a hacer las cosas bien, pero el amor lleva a que las hagamos con gracia. Brooks.
(Christopher Shaw).
“CONFESAOS VUESTROS PECADOS UNOS A OTROS” Santiago 5:16
No habrá verdadero avivamiento, Adoración sin arrepentimiento y confesión de pecados.
La confesión es un mandamiento Introducción: Muchas veces, por dejar de cumplir con este mandamiento para con los hermanos, las relaciones quedan tensas o rotas y nos enfermamos. Por esta razón, el Nuevo Testamento habla directamente sobre el asunto del pecado que perjudica las relaciones en el cuerpo de Cristo. Y afecta nuestro espíritu, alma y cuerpo. Enfermedades neumosicosomáticas.Cuando callamos nuestro pecado, sentimos el efecto en todo nuestro ser. Salmo 32:1-5 Definición: Confesar los pecados unos a otros es reconocer en comunicación con otro miembro del cuerpo, los pecados que hemos cometidos, y que han perjudicado al cuerpo. La confesión sirve de señal exterior de nuestra tristeza por la ofensa cometida, y habla de nuestra intención de cambiar (arrepentimiento) y del anhelo que sentimos por la reconciliación y restauración de la comunión. Se entiende que tal reconocimiento delante de los hermanos sea precedido o acompañado por igual confesión de pecado a Dios. Cuando llego ante mi hermano para confesar, esto significa que ya me quebranté delante de Dios. Ejemplo: Hechos 19:18-20 Situaciones que vuelven necesaria la confesión: El discípulo debe confesar su pecado, cuando:
Implicaciones:
Muchas veces el Espíritu Santo nos convence de pecado, mas no disfrutamos de la plenitud del perdón, porque no practicamos la plenitud de la confesión. Conclusión: La práctica de la mutua confesión de pecados es de mucho valor para el restablecimiento de relaciones entre hermanos. Debemos esforzarnos para no pecar, pero cuando acontece, a pesar de todo, lo cierto es que el culpable debe procurar restauración y sanidad, confesando. No puede haber verdadera restauración sin confesión y arrepentimiento de pecado. No habrá avivamiento entre nosotros, en cuanto continuemos con pecados ocultos no confesados. Dios no va a llenar un vaso que aun tiene pecado oculto, no confesado, porque Él no es incoherente con su Palabra. Es necesario vaciar para después ser lleno, y ser un vaso útil. De esta manera habrá reconciliación, paz, y el buen testimonio de la iglesia delante del mundo será mantenido. Además de eso, la confesión hace posible que los hermanos se edifiquen unos a otros, de manera más eficiente, ministrando y orando unos por los otros con más conocimiento de causa, y más de acuerdo con la voluntad del Señor. Este es un mandamiento de interrelacionamiento, que crea, mantiene y madura la comunión de los hermanos
(jair a.) renuevo
Hice pacto con mis ojos; ¿cómo, pues, había yo de mirar a una virgen? Job 31.1
Qué interesante la frase que utiliza Job para describir su deseo de no pecar con los ojos! Nos permite entender que el patricarca tomó, en algún momento de su vida, una decisión conciente de guardar sus ojos para que no fueran instrumentos de iniquidad. A pesar de que él vivió en una época desprovista de la contaminación visual que, literalmente, abruma nuestros ojos en estos días, igualmente sentía el peligro de reposar la vista en aquello que no le convenía.
Si sabemos que el pecado realmente es una condición que afecta nuestros espíritus, pareciera innecesario disciplinar los ojos para que no nos lleven por el camino del mal. Job, sin embargo, entendía que los ojos son las ventanas por las que entran aquellas imágenes que afectan la condición del corazón. De hecho, si consideramos por un instante la manera en que se mueve el ser humano entenderemos cuán vital es la función de los ojos. Las personas que tienen negocios invierten mucho tiempo y dinero en revestir las vidrieras, pues una fachada atractiva ganará clientes. Si nos acercamos a alguna librería que vende revistas, podremos observar con cuánto cuidado han sido elaboradas las tapas de cada publicación. En realidad, la tapa es uno de los elementos decisivos en la venta de la revista. Del mismo modo podemos detenernos a pensar en el esfuerzo que se invierte en lograr diseños atractivos en autos, electrodomésticos o folletos de turismo. Todo esto apela al profundo aprecio que tiene el ser humano por la belleza.
Los ojos, como todo lo que ha sido contaminado por el pecado, también pueden ser el medio por el cual se siembra el pecado en nuestros corazones. Estamos rodeados por imágenes seductoras que apelan a deseos profundos que ofenden a Dios. El salmista se lamentaba por la condición de los impíos, de los cuales observada: “los ojos se les saltan de gordura; logran con creces los antojos del corazón” (Sal. 73.7). Es decir, echan mano de todo aquello que codician sus ojos, sin medir las consecuencias de sus actos.
La Biblia nos invita a disciplinar nuestra vista para que podamos usarla dentro de los parámetros que Dios ha establecido para una vida de pureza. David pide al Señor: “Aparta mis ojos para que no se fijen en cosas vanas; avívame en tu camino” (Sal 119.37). Del mismo modo el autor de Proverbios anima: “Que tus ojos miren lo recto y que tus párpados se abran a lo que tienes delante” (Pr. 4.25). En el Nuevo Testamento el apóstol Juan identifica al deseo de los ojos como uno de los grandes peligros que enfrenta al hijo de Dios. “No améis al mundo ni las cosas que están en el mundo”, advierte. “Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él, porque nada de lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida, proviene del Padre, sino del mundo” (1 Juan 2,15-16)
(Chris Shaw) para pensar: la vista es uno de los preciosos regalos que hemos recibido de Dios. Nos toca a nosotros aprender a usarlos de manera que contribuyan a nuestra edificación. Por medio de una férrea disciplina, podemos aprender a deleitarnos en lo bueno y evitar lo malo.